‘A las cenizas de Héctor’- Lofletter #2

Estás, pero ya no estás. Es así, cariño. Me miras desde el jarrón de la repisa, pero me voy en un rato. Hoy te he sacado a que te dé el aire. Figuradamente, mi amor. Si te diera el aire de verdad, saldrías volando. Aunque ya lo has hecho. Te has esfumado. Voy a la calle. Tengo una cita.

Yo también te miro, no te creas. Cruzo los brazos y sostengo el cigarro entre los dedos, cerca de la boca, y te miro a través de las sombras ondulantes del humo. Inhalo y exhalo esperando que tú lo hagas otra vez. Venga, a qué esperas. Quiebra las reglas de la entropía y recompónte de una vez. Rompe las piezas de cerámica y sal de ahí, entero. Escupe todo el agua del mar que te encharcó los pulmones y haz que todo se reanude por fin.

Llevo esperándolo bastante tiempo. Nunca sucede. Yo me calcino los pulmones y tú sigues ahí, callado, pasivo. Displicente con mis elecciones. Si elijo repisa, repisa. Si elijo bañera, ahí te quedas, bañera. Me acompañas en silencio. Pero ya no me das nada. Es duro decirte esto, pero has dejado de aportarme cosas. Te has convertido en una sombra ondulante que me nubla la vista.

Nuestros amigos están de acuerdo conmigo, ¿eh? Me hicieron una de esas… ¿cómo se llaman? Intervenciones. Como en las series. Dijeron que era el cumple de Teresa, y lo era, pero entre burguer y tarta sacaron el tema.

—Tienes que rehacer tu vida —las expresiones circunspectas.

Qué gracia. Rehacer. Contra las leyes de la entropía, Héctor, cariño. ¿Qué te parece?

Compruebo otra vez la dirección en el GPS del teléfono antes de cerrar la puerta y dejarte solo en la repisa. Era esto o volver a terapia. No quiero más psicólogos. He tenido que obedecer, mi vida. Ya lo siento. No sé qué pensarías si vieras mi dedo pasando hacia la izquierda (NOPE) o -ya lo siento, de verdad, es solo a veces- hacia la derecha (LIKE). Fue Teresa la que descargó la aplicación, la que me hizo el perfil. Tuvo que recortarte de todas mis fotos. Desde que se te llenaron los pulmones de agua, no me he retratado ni una vez. Y estoy tan demacrada, se me marcan tanto los pómulos, que es mejor evitarlo. Teresa eligió un par de fotos de Bali y otras de Navidad, en casa de tus padres. Se ha llevado un trozo de mi cara en cada una de las imágenes, porque siempre está pegada a la tuya, como siameses; pero el resultado es decente. Más o menos.

Julia, 28, aparece. Aún soy joven. Descripción sugerida: «Viuda prematura», o «viuda negra», o «no prometo nada, ni cháchara ni sexo, a veces se me olvida cómo respirar». Descripción final (made in Teresa): «Ingeniera informática. Me gustan los sándwiches de pavo y queso y las personas de verdad». Menuda chorrada. No sé qué son las personas de mentira.

Ah, pero sí. Lo he descubierto.

Me ha sonado el móvil de pronto, Héctor, mi vida. Era un globito que decía: te han dado un SUPERLIKE. Madre mía. ¿Te imaginas, mi amor? Toda la vida contigo, de adolescentes, de jóvenes; los anillos, la hipoteca. Y ahora me quedo sola y alguien me da un SUPERLIKE. A mis sándwiches de pavo y queso y a mi perfil amputado de tu silueta. Es increíble, ¿no? Investigo y es Jonas, 27. Tiene una calavera tatuada en el antebrazo. Su antebrazo mide lo que mi cabeza entera. Podría ser mi propia cara lo que llevara tatuado. Quizá ya lo es. Hace pesas, sí, hay fotos haciendo pesas. Podría levantarme en peso. Y tiene una cantidad de musculitos enanos en la espalda, cariño, que yo no sabía que existían. Tu piel era chiclosa y me gustaba estirarla, como los Boomer rosas. Jonas es australiano y no tiene descripción, solo un icono de una bandera de Australia. Con las fotos le basta y le sobra. Paso el dedo hacia la derecha, con el anillo brillando: LIKE. Él me habla: I’m gonna be honest. You are my kind of girl. Let’s go to a hotel and fuck all night. Esto deben ser las personas de mentira. ¿No?

Ay, Héctor, cariño. No sé por qué lo he hecho. Pero he contestado que ok. Me ha citado y aquí estoy, a punto de dejar que un desconocido me demuestre en carne y hueso su SUPERLIKE.

Y me digo que lo hago obligada, que Teresa es una pesada; y a ratos me digo que si no hago caso a nuestros amigos me hundiré en el fondo del mar como tú. En otros ratos me digo que fuiste tú quien decidió irse al fondo del mar. Quién te mandaba a ti a explorar con una bombona de oxígeno fallida. Tú me habías prometido una vida entera y yo te la había entregado. Me has dejado sola, consumiéndome en el humo. ¿Sabes la cantidad de horas que he esperado que se invirtieran las leyes de la física? Que el tiempo y la materia me dieran un respiro. Nunca ha ocurrido, mi amor. Por eso voy a reconquistar el espacio, al menos, y a recorrer la distancia que media entre mi soledad y la carne y hueso de un extraño.

A lo mejor me sabe a otra cosa, tienes razón. No será nuestro amor elástico, ni tendrá la calidez de las sábanas ni tu aliento matutino, ni el rastro rancio de tu axila, ni tus pelillos de caracol, nada de eso. Pero debajo de ese cuerpo de Jonas, 27, late un corazón. El tuyo dejó de hacerlo. Estás calcinado. Tengo que salvarme.

Te amo. Me encantaría subir a esa habitación aséptica y que estuvieras ahí esperándome.

Tengo que dejar de esperar que eso ocurra en cada rincón. En nuestra casa, en los ultramarinos, en la siguiente esquina.

Yo te regalé mi vida. La quiero de vuelta.

Creo.

Supongo que ahora lo descubriremos. En un rato. Al juntar mi pecho desnudo con el de un ser vivo, entenderé si sigo latiendo o estoy como tú. Calcinada.

En la salud y en la enfermedad.

En la vida.

En la muerte.

Todos

los días

de mi vida.

Sí quiero, Héctor. Mi amor.

Y me quito el anillo justo antes de entrar a la habitación.

 

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