‘La buena suerte’- Relato premiado Creamurcia 2018

 

 

I

 

 

—¡Ana Ruiz Santos! —asoma la cabeza de la recepcionista tras la pared grisácea de la sala de espera—. Es su turno.

Ana Ruiz Santos traga saliva trece veces, se apresura a dar trece toquecitos en el suelo y se pone en pie. Su madre le tiende la mano, como si fuera una chiquilla y necesitara ayuda para avanzar hasta el despacho de la clínica. Ana Ruiz Santos resopla. Luego resopla doce veces más. Y, muy a su pesar, se sienta y se pone en pie otras doce veces, mientras el resto de pacientes la escrutan también, comprensivos –si están allí, ellos están igual de jodidos, o peor-, y su madre ahoga un sollozo en la manga del abrigo.

—¿Por qué el trece? —pregunta el señor doctor.

—¿Perdón? —replica Ana Ruiz Santos. Y luego silabea sin sonido: per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón, per-dón.

El médico se ha percatado. Se zafa de las gafas con lentitud y lo anota en un cuaderno.

—Empeoró después del accidente de su padre —gime la madre—. La niña pierde peso, se le cae el pelo. Está agotada. Imagínese, hacer absolutamente todo trece veces…

—¿Por qué el trece? —el médico sigue con la vista fija en ella.

Ana Ruiz Santos se encoge de hombros. No es ninguna niñay odia que su madre se refiera a ella así, pero replicar se ha vuelto demasiado complicado. Sacudir el torso resulta más fácil que aducir frases enteras.

—Es curioso. En los trastornos obsesivo-compulsivos de este tipo, los enfermos creen mantener el mundo a salvo de catástrofes impredecibles a través de sus fórmulas particulares. —Ahora se dirige a la madre, buscando a alguien que comprenda la magnitud de sus palabras—. Nunca, en ningún caso, había topado con alguien que eligiera, para sus repeticiones, un número abiertamente conocido por traer mala suerte.

Ana Ruiz Santos se queda pensativa. Realmente, no hay motivo para que sea el trece y no otro.

—Parece que su hija estuviera huyendo del mal fario e invocándolo a la vez. —El psiquiatra suelta una risa nasal y se prepara para dar solución a los males de los mortales con su receta de polvitos mágicos—. Desde luego, eso agota a cualquiera.

 

 

x

 

 

—¡José María Ramírez Mengual! —cabecea el funcionario de prisiones, palmeando bien fuerte en las paredes de la celda—. Está aquí su abogado.

—Cholo. Me llamo Cholo.

Cholo avanza hasta la salita. A este señor trajeado no lo conoce, debe ser nuevo en el turno de oficio. Está a punto de preguntárselo, pero el letrado no tiene tiempo. Se seca las gotas de sudor con un pañuelo y abre un plano de la ciudad sobre la mesa que los separa.

—José María Ramírez Mengual…

—Cholo. Me llamo Cholo.

—… está usted aquí porque la señorita Rosalía Huertas Muñoz…

—Rosa. Se llama Rosa.

—… ha interpuesto una denuncia contra usted por injerencia en su derecho a la intimidad. Según alega, usted le ha pinchado el teléfono fijo, ha conseguido desviar sus mensajes a su móvil y le hace fotos en el camino hacia el trabajo todos los días. ¿Es eso cierto?

—Es que Rosa es muy crédula —sacude la cabeza Cholo, risueño—. Los de la compañía de teléfonos están venga a estafarle. Le cuelan todas las ofertas esas y luego se queja de que le falta el dinero. Yo mantengo a raya a los abusones.

El abogado le examina con cara de póker.

—¿Y las fotos? ¿Qué tiene que ver eso con los abusones?

Cholo suspira y se sonroja como un quinceañero.

—Eso es por gusto. Es muy guapa, sabe usted.

Ahora es el señor letrado el que suspira fuerte, mirando el reloj.

—Tiene usted tres órdenes de alejamiento en el cogote. A favor de doña Fina Jiménez Lax, Gloria Temada Gil y Beatriz Monzón Zea; de trescientos, doscientos y ciento cincuenta metros, respectivamente. Examinando las ubicaciones que debe evitar hasta ahora, y en vista de lo que le caerá por la señorita Rosalía Huertas…

—Rosa. Se llama Rosa.

—… lo mejor es que evite esta zona —traza un redondel tremendo en el plano—, esta otra… y esta de aquí. Cuando le dejen en libertad, asegúrese de conseguir un trabajo en la periferia. No le queda otra, don José María…

—Cholo. Me llamo Cholo.

El abogado da un golpecito en el mapa, justo en la zona de los suburbios, y se pone en pie.

—Estaremos en contacto. Si sigue usted así, acabará en chirona antes de lo que canta un gallo.

Cuando el señor trajeado se va, Cholo se queda un rato buscando Chironaen el plano.

 

 

II

 

 

El bote de pastillas reza Ana Ruiz Santos, pero ella lo ha tachado con típex para que solo se lea Ana.

En su nombre completo hay trece letras.

Las ha dejado en tres.

Su médico dice que cualquier cosa que rompa sus rutinas será bienvenida. Siempre utiliza ese verbo. Romper.

De paso, se ha quitado un par de lastres. El Ruiz de su padre muerto y el Santos de la madre dolorosa.

Hasta ahora, Ana no ha conseguido romper muchas más cosas. Algunas veces reprime las repeticiones para que su madre llore menos, pero se las carga mentalmente para reproducirlas junto a su cama al final del día. Se acuesta a altas horas de la madrugada, empapada en sudor, con los músculos doloridos de flexionar las piernas, la piel enrojecida tras rascarla, el cuero cabelludo irritado por los tirones.

Vivir en su cabeza cada vez se parece más a dar saltitos en un campo de minas. Le urge que los fármacos funcionen, es lo único que le interesa.

Sin embargo, el doctor se empeña en recalcar la importancia de la terapia cognitivo-conductual.

Ese es el motivo de que Ana esté corriendo la cremallera de la bolsa de deporte trece veces –por suerte, la última toca en dirección de cierre-, y que no solo haya doblado la dosis de pastillas sin permiso. Viste un bañador deportivo bajo la ropa. Champú, gel, chanclas, toalla, peine. A su madre le ha hecho ilusión montar el paripé, aunque las dos saben que Ana no se atreverá a enjabonarse la cabeza trece veces frente a unas mujeres atónitas. Bastante vergüenza tiene que soportar ya. Al socorrista le faltan las palomitas, no deja de observar embobado sus rituales, como si ella fuera la protagonista del circo de los horrores.

Ana es obediente y realiza una actividad sistemática sobre la que se operarán las variaciones terapéuticas oportunas según el consejo psiquiátrico. O sea, que va a la piscina de las afueras y nada. Hace trece largos estilo braza y trece a crol en series de múltiplos de trece. Luego sale y entra del agua trece veces, hasta que no hay peligro de que el mundo reviente.

De esa guisa, trece semanas. En la número catorce, el doctor ha previsto que se cargue el orden interno del universo. A la mierda. Luego Ana no podrá enmendar el desastre, pues será imposible asaltar los muros de la piscina de noche.

Con suerte, la ansiedad –o una sobredosis de químicos- la matará para entonces y no tendrá que presenciar el Apocalipsis. Lo verá con su padre desde alguna parte etérea y ligera. Una donde ya no haya que contar nada más.

 

 

x

 

 

El señor letrado, que es nuevo en el turno de oficio, no cree que sea buena idea que José María Ramírez Mengual siga trabajando como socorrista. Por eso de que es un acosador en potencia. Pero él le contesta que se llama Cholo y que su trabajo es salvar vidas.

Tiene suerte, porque le contratan en la única piscina que hay en la zona libre de rotulador rojo del plano. Además, goza de descuento en el bono del gimnasio. Cuando los bañistas se van a casa, Cholo puede entrenar los músculos que le laten bajo los tatuajes.

La rosa de su Rosa está en el centro, pues ya no le quedaba espacio en los pectorales. Hay un periquito por Fina, ella tenía uno como mascota; un rayo de luz representa a Gloria, y para Beatriz se hizo un ancla, que la tía era muy marinera. También aparecen huellas de perrito, velas encendidas, medias lunas y corazones. Julia, Marién, Lucía, Mónica…

A Cholo le encanta mirarlas en su altar de carne, reflejadas en el espejo, mientras hace pesas. Rellenas de tinta y cubiertas por una delgada película de sudor. Las contempla con devoción, recordando sus rasgos angelicales.

Aunque los abogados dudaron al respecto, jamás se atrevió a tocar a ninguna de ellas. No habría podido hacerlo.

Cholo solo quería que fueran un poquito más felices. Para conseguirlo, eliminaba esas cosas de las que tanto se quejaban: un casero abusivo, problemas con las horas extra, compañeras de trabajo algo deslenguadas… Lo que fuera. Cholo hacía lo que fuera necesario para enmendar los fallos del sistema armónico de las vidas que merecían sus musas.

—De bueno, eres tonto —le decía el último abogado de oficio, que era más simpático y cariñoso que el nuevo—. Esas mujeres no te quieren, Cholo.

—Da igual —decía Cholo—. Mi trabajo es salvar vidas.

 

 

III

 

 

Después de mucho observarla, los del personal de la piscina ya están empezando a referirse a Ana como «la trece».

Así que a Cholo no le ha hecho falta pensar mucho para decidir qué tatuarse en el hueco que queda entre su pezón izquierdo y el costado. Ahora el plástico transparente se adhiere a la superficie de la piel y él no quiere ni tocárselo, por si se infecta. Se yergue, muy formal, en la silla alta de la piscina, esperando a que llegue la hora. Ella siempre aparece a las trece en punto. Cómo no.

Las de la limpieza aseguran que es una enferma mental. Cholo ha tenido que morderse la lengua muy fuerte en varias ocasiones, tal como le enseñaron en las clases de control personal de la penitenciaría, para no explicarles por dónde podían meterse sus insultos.

Las de la limpieza no entienden nada. No se han fijado en lo suave que es la piel de la chica, en cómo se eriza cuando entra y sale de la piscina trece veces. En la mueca de apuro que pone mientras lo hace, intentando no topar con la censura de la sociedad.

«La trece» es una diosa embutida en un gorrito blanco y aún no se ha enterado. Tiene más clase atravesando el agua, cortándola con las manos afiladas, que el resto de bañistas ancianos juntos. Recorre la piscina a lo ancho, partiéndola en brazadas de a trece, luego respira hondo otras trece veces y sigue.

Ella, en sí misma, es un rito apasionante.

Pero es que nadie entiende nada, en general. Ni las limpiadoras, ni los abogados, ni los jueces, ni los tatuadores. Todos se ríen y dicen «búscate otra». Como si Cholo pudiera elegir qué seres brillan por encima del resto. ¿Qué poder tiene él en ese flashazo divino? Ninguno. Y sus esfuerzos por allanar el camino de esas mujeres… no los entienden ni ellas mismas. En eso se traducen, ¡en cuatro pulseras que le rastrean con un GPS, dos en cada tobillo! Pero él no se enfada por esas cosas. Si lo hiciera, su amor por ellas se enturbiaría, y eso sí que no.

Cholo se retrepa en la silla de socorrista, súbitamente incómodo.

En el reloj digital de pared acaban de dar las trece horas y un minuto.

 

 

x

 

 

Igual que Cholo suda nervioso, también lo hace Ana, esperando en el vestuario.

Ha llegado el día.

Empezará a nadar a las trece horas y cinco minutos. Luego tendrá que alterar el número total de largos y los segundos que suele dedicar a cada respiración.

Ana vuelca el bote de pastillas en la mano. En la clínica no paran de recordarle que respete la dosis de ansiolíticos, pero le da igual.

Porque está sola. Sola en mitad de la piscina.

Y no puede dejar de imaginar el mundo implosionando, los techos cayendo sobre el agua, las paredes resquebrajándose y la ciudad arrasada por un aluvión de agua y viejos. Un tsunami que ella habrá provocado. Muertes, cadáveres de mujeres, niños, periquitos y perros por doquier. Gente llorando. Ahogados. Para siempre. Por su culpa…

Traga dando un sorbo al botellín. El doctor le ha dicho que no piense, que solo ejecute.

Inspirando hondo, avanza hacia su habitual carril. Cholo, en la otra orilla, se parte en una sonrisa invisible para Ana y se inclina hacia ella en la lejanía.

Decidida, Ana da un paso hacia la derecha para cambiar de calle. A Cholo empieza a extrañarle de veras aquello. Igual que lo de tirarse de cabeza: nada de meterse y salir trece veces. ¿Se habrá equivocado de chica? No, sin duda es ella. ¿Qué le ocurre?

Cholo empieza a contar. Un brazo, dos brazos, tres brazos… En el primer largo, Ana da ciento cuatro brazadas. Cholo divide y calcula con rapidez que eso no es una serie de múltiplos de trece. Después, setenta y ocho inmersiones de cabeza. Y ni siquiera se para a respirar trece veces entre largo y largo…

Hiperventilando, Cholo desciende las escaleras de su silla de socorrista y corre hacia el otro extremo. Ni siquiera espera a que ella llegue al bordillo. Se zafa de la camiseta y se lanza con fuerza, la agarra del torso y la conduce hacia la seguridad.

Para su propia sorpresa, Ana ha roto a llorar. Al sentirse abrazada, la opresión del pecho que sentía mientras se zambullía en ese desorden azul se ha desatado, y ahora no puede parar de hipar. Cholo le quita las gafas de buceo lentamente y le limpia una lágrima, o una gota cualquiera de agua –quién sabe-.

Ella sonríe. Solo una vez.

—¿Cómo has sabido…? —pregunta Ana.

Cholo aguarda con gentileza a que Ana repita sus mismas palabras otras doce veces más. Él se señala el tatuaje nuevo: al número trece se le están despegando los extremos del film de plástico.

Entonces Ana suspira hondo, muy hondo, cogiendo todo el aire del mundo, y echa la cabeza hacia atrás como si hubiera llegado al clímax. De pronto desaparecen los ciclones, los derrumbamientos de techo, las muertes inminentes de padres. Porque hay alguien que lo entiende. Alguien que lo comparte.

Olvidándose de todas sus reglas, le agarra los extremos de la cara con fuerza y lo besa. Lo besa con potencia y luego con ternura, con furia y con abandono, y Cholo olvida también que sus mujeres son sagradas. Las pulseras le mantienen lejos de lo indebido y por primera vez no le pesan, flotan en el agua de los suburbios, en la zona de la periferia no marcada con rojo, en el punto del mapa que nadie quiere transitar.

Cuando un monitor de la piscina amenaza con echarles, Ana se recompone y pide disculpas en nombre de los dos. Coloca las piernas fuera y de un saltito se dirige hacia el vestuario de niños, haciendo un gesto a Cholo con el dedo.

Contra la pared de la ducha hacen el amor. Tienen tantas ganas de fundirse el uno en el otro que bastan trece empujones para que ambos exploten.

—Por cierto, me llamo Cholo —y, riéndose, añade—: Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo. Cho-lo.

Ana se ríe bien fuerte sin pensar en el número de segundos por carcajada. No puede ser más feliz de soltar las riendas del universo sabiendo que alguien las está retomando por ella.

Cholo no puede estar más contento de que le dejen, al fin, ejercer su profesión: salvar vidas.

 

 

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