Diario confinado

Diario de confinamiento

Jueves, 19 de marzo
14:42 horas

 

Arrastro la silla por el patio siguiendo al rayo de sol oblicuo. Durante un rato este trayecto es digno: me envuelve en el abrigo de pelo, los párpados apretados. Es lo más parecido a un abrazo que siento en días.

Sin embargo, el sol se empeña en seguir desplazándome. Me muevo, me muevo hasta el rincón del gato. Al remover las hojas se desprende el olor a abono. Es su caca. La caca del gato.

Si quiero sol, tengo que aguantar el hedor.

Me enfado y doy vueltas por los ocho metros cuadrados, como un hámster. Me enfado conmigo misma por estar enfadada, mientras me enfado me pierdo el sol, el sol se está yendo. Me enfado con el gobierno por no haber cerrado fronteras antes, me enfado con el virus, me enfado con mi casa de aquí, con mi casa a 600 kilómetros, me enfado con mi familia por no estar conmigo, me enfado con el capitalismo y su lógica productiva, me enfado con mi gama emocional, me enfado con mi trabajo, me enfado con todos, me enfado.

Me canso de enfadarme. La comida no me entra y estoy perdiendo kilos por días. No tengo energía para enfadarme. No sé qué hacer con mi vida, o lo que queda de ella.

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Creo que solo necesito un abrazo. Uno real.

Como todos.

Un abrazo y correr por la playa en pelota picada.

15:05 horas

 

Aparece un recordatorio de Facebook del día del padre de hace 5 años.

«Para un pedazo de mí,

desde un pedazo de ti,

en tu día».

Lloro lágrimas calientes de rabia pura.

15:46 horas

 

Hace tiempo que me replanteo las bases. Así, en general. Creo que todo explotó definitivamente cuando un chico cualquiera me preguntó, con unos cuantos cubatas encima:

—Y tú qué haces.

—Yo escribo.

Me ha tomado mucho tiempo decir esto. Antes daba rodeos: me formé en Derecho, lo dejé, ahora creo contenido, soy redactora, lo que sea. Nótese que me cuesta decir «soy escritora» aún, pero me obligo a hacerlo. Le tengo demasiado respeto a la palabra. Él contestó:

—¿Y para qué?

Me dejó muda.

No preguntó por qué, no se asombró, no dijo «yo también», como suele suceder.

Para qué.

Esa pregunta me ha rondado. Pa qué. Si a nadie le importa un carajo.

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Cuando salió la canción de René me pareció acercarme a la respuesta. Como si me refrescara los propios datos. Escribo porque somos historias vivas que merecen ser grabadas. Por mucho que las acotes, las personas siguen vivas, y con sus vidas van trazando historias. Eso es todo.

Tengo la suerte de ser correctora de un poeta al que admiro mucho. Leyendo su último libro, aún inédito, no puedo dejar de llorar. Llorica, Andrea. Es un regalo que me ha hecho, no quiero cobrarle un duro. A través de sus ojos veo con pureza todo lo que me rodea, aunque en estos días lo que me rodea sea poco. Puedo incluso ver lo que no está aquí. Lo que está escondido.

Me parece que por eso escribimos. Para ver lo que está escondido.

En momentos así reluce más, es más visible para los que aguzan la vista.

—Chico cualquiera —le diría ahora—, escribo para esforzarme en ver lo que no es evidente, pero existe.

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Solo el 5% de la población mundial es lectora habitual.

El 5% de la población mundial morirá a causa del coronavirus.

Es una tragedia. Doble.

 

15:59 horas

 

 

Tengo:

frío

leche

papel higiénico

 

No tengo:

aceite

huevos

pechuga de pavo

queso

ganas de salir

 

Me pego al radiador.

 

 

20:38 horas

 

 

Me mandan un texto por Whatsapp.

Hace muchos años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead qué era lo que ella consideraba la primera señal de civilización en una cultura. El alumno esperaba que Mead hablara sobre anzuelos, ollas de arcilla o piedras de afilar. 

Pero no. Mead dijo que la primera señal de civilización en una cultura antigua era un fémur roto y cicatrizado. 

Mead explicó que en el reino animal, si te rompes la pierna mueres. No puedes correr para huir del peligro, ir al río para beber agua o cazar comida. Eres carne fresca para los depredadores. Ningún animal sobrevive a una pierna rota por tiempo suficiente para que el hueso se cure.

Un fémur roto, que cicatrizó, es evidencia de que alguien tuvo tiempo para quedarse con el que cayó, trató su herida, lo llevó a la seguridad y cuidó de él hasta que se recuperó. 

«Ayudar a alguien durante la dificultad es donde comienza la civilización», dijo Mead.

Joder. Hoy parezco un grifo.

 

 

Viernes, 20 de abril
18:44 horas

 

Ese rollito a lo Handmaid’s Tale del Condis es bastante creepy.

Me he comprado berberechos. He pensado, claro que sí, coño. Unos berberechos de cinco euros. Qué mínimo. Me abro la lata el domingo y me pego un finde por todo lo alto. Lo he pensado sin coñas, en serio. He pillado todas las cosas que normalmente no pillo porque son caras y me las como rápido. Como el muesli de chocolate.

Al ver mi nevera repleta, de marajá, se me ha abierto el apetito. Y al ver todas las mascarillas de la calle me ha dado cierta gana absurda de volver a mi puta casa.

Anoche tuve ese momento pánico inevitable -Dios mío, que no se muera nadie- y lo que hice fue darme muchos besitos. Qué vergüenza decirlo, pero me di besos por los brazos y me habría dado un morreo si fuera técnicamente posible. Dicen que Marilyn Manson se quitó una costilla para poder chupársela.

En plena agonía me dormí, y tuve unos tres o cuatro sueños guarros que no recuerdo, podría haber aparecido cualquiera. Hasta Marilyn Manson. Esta mañana he leído en diagonal un post que explicaba que el sexo refuerza el sistema inmunitario. Debía ser mi psique protegiéndome de los malos augurios.

 

 

20 horas

 

 

Lauri me manda un video bailando en su habitación una canción de Alt J.

—Como bailamos juntas cada fin de semana…

Una de las cosas que más me gustan en el mundo es su cara de baile, muy seria y concentrada. Me hace mucha risa. La pone siempre que entramos a Bershka. Nos miramos y ya está, lo sabemos: hay que moverse como en un after, sorteando los burros con ropa fluorescente.

Yo bailo frente al espejo del baño una de Florence+The Machine. Salto y veo mi pelo botar a cámara lenta.

—Mañana quedamos para bailar la misma canción.

Creo que lo crucial es que sigamos bailando.

 

 

Sábado 21 de marzo
21 horas

 

 

Llevo todo el día de teleoperadora y me va a estallar la cabeza de tanta pantalla. Primero he participado en un coloquio con desconocidos muy interesantes en el que nos aventurábamos a imaginar el mundo post-apocalíptico —y quizá sea mejor y todo—. Luego me he reunido con otro grupo por Whatsapp para hablar del corto que vamos a grabar en cuanto podamos.  Y me ha escrito un colega para decirme que gracias al taller de escritura que impartí por directo ayer, se ha arrancado a escribir, que no lo hacía desde Bachiller.

Quizá a alguien sí le importa lo que digo, después de todo.

Entremedias, mi Jorgi ha dado negativo, así que está inmunizao que te cagas. Y mi ahijada tiene ya carita de persona mayor.

Estoy contenta porque se está armando una buena fiesta desde los balcones. Puede que sea el primer sábado desde el fin de la Guerra Civil en el que nadie sale a celebrar nada, pero la gente sigue festejando, sigue aplaudiendo en la ventana. La gente sigue bailando donde puede y como puede.

Y no sé, me siento orgullosa de ser, de pertenecer.

 

 

Domingo 22 de marzo
16:09 horas

 

 

Mi astróloga de referencia se autodenomina «líder espiritual», con todas sus operaciones faciales -labios, tabique, pómulos… creo que le han dejado la cara un poco cubista- y habla de Saturno juguetón que vuelve desde el año 63, desde el año 91. Ese año nací yo.

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¿Puede ser que ahora la gente necesite las ideas? El contenido. Los sueños.

Los creadores nos pasamos el día rogando un poquito de atención, a ver si entre memes y jajas podemos colar algo con sentido.

No hay que hacerse ilusiones: todo volverá a lo de siempre en cuanto puedan pisar la calle de nuevo. A no ser que esto cale lo suficiente para que no solo aquellos acostumbrados al silencio y a la mirada interior sean quienes floten; aunque lo consigan malamente, claro: tragando agua y sacándola por la nariz.

¿Algún caballero tiene un pañuelito con las iniciales grabadas? Una mascarilla también me sirve. Un guante de látex, un condón sin usar. Una bolsa del Mercadona. Un rollo de papel higiénico.

Nota 1: «si a tu novio le cabe con holgura el pene en el cartón del papel del váter, preocúpate». Esta es una de las piezas de sabiduría centenaria cosechada por mí misma que atesoro para mis hijos, mis nietos, mis bisnietos, mis tataranietos.

Nota 2: el otro día se me ocurrió un epitafio cojonudo, pero se me ha olvidado. Debió ser de esas cosas que pienso antes de sobarme. La cantidad de poemas que se han perdido así. De hecho, jamás volveré a tener novio serio porque muchas veces tengo que encender la luz para apuntarlos en mi libreta. Mi novio hipotético estará hasta la polla de mis lamparitas y me abandonará en seguida. No pasa nada, estoy preparada para eso. A no ser que la polla en cuestión no quepa en el cilindro de papel del culo. Entonces sería una verdadera tragedia.

 

 

16:48 horas

 

 

Uso el «Método Rorri», patentado por mi prima. Consiste en prepararse mogollón de pasta y comerse la mitad del plato a la hora del almuerzo y la otra mitad a la hora de la merienda, después de la siesta.

«Niña, si no te acabas las lentejas te las guardo para después». No se apure, señora, ya lo hago yo sola.

 

 

Martes, 24 de marzo
23:11 horas

 

La verdad es que desde que he dejado de ver las noticias estoy de puta madre. Bueno, no tanto, pero bastante sí. O sea, que si me meto en mi pompa todo va relativamente bien. Lo malo es que se escapa algún titular, como ese horrible de la pista de hielo repleta de cadáveres. Se entenderá que es difícil mantener la cordura en un momento como este. Yo hoy cocinaba mis pechugas de pavo braseadas y les hacía fotos para dibujarles caritas tristes porque se me han quemado, me reía con mis propias ocurrencias, incluso me permitía disfrutar de la música y trabajar y descansar y, oigan ustedes, hasta un amago de siesta, en paz, de esto que he pensado coño qué en paz estoy, qué raro; y claro, los titulares.

No me gustan las noticias. En sí, no me gustan. Tampoco cómo las presentan.

Yo, hoy por hoy, tengo motivos para sonreír, a pesar de todo. Y voy a seguir sonriendo mientras pueda. No sé a quién ayudo dejándome absorber por esta negrura. Sé que está ahí, lo sé, lo sé, joder, no se habla de otra cosa en semanas. No es que no lo sepa. Es solo que prefiero no saberlo.

—Hola familia. Solo quería deciros que os quiero mucho y que estoy deseando que estemos los cinco juntos y no repartidos por la península ibérica —tecleo.

Me preparo mi infusión Relax de rigor y me pongo la serie malísima que estoy viendo. Me acabé la anterior —era tan, tan, tan mala que adiviné el asesino en el primer capítulo, eso o yo soy jodidamente inteligente— y ahora he elegido esta de Naomi Watts y el protagonista de Love by Gaspar Noe y gente así importante, pero la directora es la misma de 50 sombras de Grey y hace unos planos insoportables. Con fondos difuminados, a contraluz. De un pasteloso que parece un film alemán de Antena 3 de domingo por la tarde.

Así está bien. Me hace no pensar. Solo pienso en lo mala que es la serie y santas pascuas. Tengo poca tolerancia a Pizarnik ahora mismo.

 

 

Lunes  30 de marzo
16:47 horas

 

Desde que han cambiado la hora me he desregulado. Me sorprendí ayer acostándome pasada la una; y lo mismo se ha dado esta mañana. Ya era la hora de comer en el desayuno.

Me costó conciliar el sueño y me enfadé mucho, con dolor de cabeza. Creo que tuve una especie de premonición, como Paige en Embrujadas —creo que era ella—, porque hoy me han informado de que se han llevado a mi casero al hospital.

Me he acordado de que él me dijo el otro día que si venía el virus ese no debía preocuparme, porque «él lo haría virutas». Y no sé, me he puesto a llorar otra vez.

Rezo de nuevo —llevaba años sin hacerlo— por mis abuelos vivos y por mis padres en especial, todos lejanos y yo tan chiquitita, pero se me había olvidado mi casero. Lo consideraba inmortal o algo. Pasa todos los días frente a mi ventana y me da microinfartos porque se pega al cristal en un silencio sepulcral hasta que lo descubro y chillo y me llevo la mano al corazón. Cuando le digo que me va a matar de un ataque se ríe. Parece un niño pequeño. Es más cabezón que yo. Me ha puesto los estantes él solo aunque yo me quejaba a menudo de que me considerara una inútil. Cuando nos peleamos dejamos de hablarnos unos días y nos saludamos con educación resentida. Luego hacemos las paces y nos abrazamos.

—Tú eres como mi nieta —me dijo en la última trifulca.

Como no sé qué coño hacer con esta congoja, le dedico un post y lo envío a un periódico.

No sé hacer nada más que escribir. No sé si sirve de algo, ni si lo hago lo suficientemente bien como para transmitir lo que quiero, lo que siento.

Hoy llueve otra vez y nadie se asoma a mi ventana.

 

 

17:46  horas

 

 

A mi muerte, me gustaría que hicieran sonar Bon Iver.

Y si puede ser, me gustaría que dentro de los que me lloran sonara Bon Iver. Esa sería mi máxima aspiración en la vida.

Lo dejo aquí por si alguien puede hacer algo al respecto, llegado el momento.

 

Jueves 2 de abril
11:07 horas

 

 

Tengo la sensación de que este confinamiento me está dejando a solas con mis excusas. Estoy quieta y no paro de moverme, pero el viaje es hacia dentro. Nada estático.

Estoy a solas con mis defectos, ya no hay nada con que taparlos ni a nadie a quien echarle la culpa. Estoy a solas con mis miedos, ya no puedo colorearlos ni buscar salidas fáciles para darme la falsa sensación de haber hallado la equis. Estoy a solas con mis sentimientos, no vale diluirlos en un par de cervezas. Estoy a solas con mi voluntad, que ya no se falsea haciendo algo completamente incoherente con lo que necesito.

Cuanto más pequeño se hace el mundo material cotidiano, más rico y variado se presenta. Ninguna verdad es universal y hay contrapartidas y partes contrarias que no lo son. Solo personas, solo situaciones.

 

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Me cuesta mucho sentir el dolor. Antes que dolor siento rabia, va en ese orden. La rabia me impulsa, es motor. Sin rabia no sabría cómo funcionar, sin algo contra lo que protestar. Si hago desde el amor me siento débil, que no vulnerable. La vulnerabilidad nos humaniza, pero a mí no me gusta ser humana porque los humanos sufren. Yo sufro por mi cerrazón, a fin de cuentas.

No me había dado cuenta de que las barreras que levantas para protegerte acaban encerrándote. Y que el único campo de sinceridad total que me permito son los textos que no comparto.

En Girls, en la última temporada, nos enseñan a los espectadores en los créditos finales de capítulo cómo se conocieron Hannah y Adam. Así vivo yo: mostrando la verdad originaria en los créditos, cuando ya es tarde y mis propios dolores han prescrito. Solo queda la herida grande, fortalecida, y esa absurda sensación de estar a salvo.