Diario confinado

Diario de confinamiento

Jueves, 19 de marzo
14:42 horas

 

Arrastro la silla por el patio siguiendo al rayo de sol oblicuo. Durante un rato este trayecto es digno: me envuelve en el abrigo de pelo, los párpados apretados. Es lo más parecido a un abrazo que siento en días.

Sin embargo, el sol se empeña en seguir desplazándome. Me muevo, me muevo hasta el rincón del gato. Al remover las hojas se desprende el olor a abono. Es su caca. La caca del gato.

Si quiero sol, tengo que aguantar el hedor.

Me enfado y doy vueltas por los ocho metros cuadrados, como un hámster. Me enfado conmigo misma por estar enfadada, mientras me enfado me pierdo el sol, el sol se está yendo. Me enfado con el gobierno por no haber cerrado fronteras antes, me enfado con el virus, me enfado con mi casa de aquí, con mi casa a 600 kilómetros, me enfado con mi familia por no estar conmigo, me enfado con el capitalismo y su lógica productiva, me enfado con mi gama emocional, me enfado con mi trabajo, me enfado con todos, me enfado.

Me canso de enfadarme. La comida no me entra y estoy perdiendo kilos por días. No tengo energía para enfadarme. No sé qué hacer con mi vida, o lo que queda de ella.

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Creo que solo necesito un abrazo. Uno real.

Como todos.

Un abrazo y correr por la playa en pelota picada.

15:05 horas

 

Aparece un recordatorio de Facebook del día del padre de hace 5 años.

«Para un pedazo de mí,

desde un pedazo de ti,

en tu día».

Lloro lágrimas calientes de rabia pura.

15:46 horas

 

Hace tiempo que me replanteo las bases. Así, en general. Creo que todo explotó definitivamente cuando un chico cualquiera me preguntó, con unos cuantos cubatas encima:

—Y tú qué haces.

—Yo escribo.

Me ha tomado mucho tiempo decir esto. Antes daba rodeos: me formé en Derecho, lo dejé, ahora creo contenido, soy redactora, lo que sea. Nótese que me cuesta decir «soy escritora» aún, pero me obligo a hacerlo. Le tengo demasiado respeto a la palabra. Él contestó:

—¿Y para qué?

Me dejó muda.

No preguntó por qué, no se asombró, no dijo «yo también», como suele suceder.

Para qué.

Esa pregunta me ha rondado. Pa qué. Si a nadie le importa un carajo.

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Cuando salió la canción de René me pareció acercarme a la respuesta. Como si me refrescara los propios datos. Escribo porque somos historias vivas que merecen ser grabadas. Por mucho que las acotes, las personas siguen vivas, y con sus vidas van trazando historias. Eso es todo.

Tengo la suerte de ser correctora de un poeta al que admiro mucho. Leyendo su último libro, aún inédito, no puedo dejar de llorar. Llorica, Andrea. Es un regalo que me ha hecho, no quiero cobrarle un duro. A través de sus ojos veo con pureza todo lo que me rodea, aunque en estos días lo que me rodea sea poco. Puedo incluso ver lo que no está aquí. Lo que está escondido.

Me parece que por eso escribimos. Para ver lo que está escondido.

En momentos así reluce más, es más visible para los que aguzan la vista.

—Chico cualquiera —le diría ahora—, escribo para esforzarme en ver lo que no es evidente, pero existe.

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Solo el 5% de la población mundial es lectora habitual.

El 5% de la población mundial morirá a causa del coronavirus.

Es una tragedia. Doble.

 

15:59 horas

 

 

Tengo:

frío

leche

papel higiénico

 

No tengo:

aceite

huevos

pechuga de pavo

queso

ganas de salir

 

Me pego al radiador.

 

 

20:38 horas

 

 

Me mandan un texto por Whatsapp.

Hace muchos años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead qué era lo que ella consideraba la primera señal de civilización en una cultura. El alumno esperaba que Mead hablara sobre anzuelos, ollas de arcilla o piedras de afilar. 

Pero no. Mead dijo que la primera señal de civilización en una cultura antigua era un fémur roto y cicatrizado. 

Mead explicó que en el reino animal, si te rompes la pierna mueres. No puedes correr para huir del peligro, ir al río para beber agua o cazar comida. Eres carne fresca para los depredadores. Ningún animal sobrevive a una pierna rota por tiempo suficiente para que el hueso se cure.

Un fémur roto, que cicatrizó, es evidencia de que alguien tuvo tiempo para quedarse con el que cayó, trató su herida, lo llevó a la seguridad y cuidó de él hasta que se recuperó. 

«Ayudar a alguien durante la dificultad es donde comienza la civilización», dijo Mead.

Joder. Hoy parezco un grifo.

 

 

Viernes, 20 de abril
18:44 horas

 

Ese rollito a lo Handmaid’s Tale del Condis es bastante creepy.

Me he comprado berberechos. He pensado, claro que sí, coño. Unos berberechos de cinco euros. Qué mínimo. Me abro la lata el domingo y me pego un finde por todo lo alto. Lo he pensado sin coñas, en serio. He pillado todas las cosas que normalmente no pillo porque son caras y me las como rápido. Como el muesli de chocolate.

Al ver mi nevera repleta, de marajá, se me ha abierto el apetito. Y al ver todas las mascarillas de la calle me ha dado cierta gana absurda de volver a mi puta casa.

Anoche tuve ese momento pánico inevitable -Dios mío, que no se muera nadie- y lo que hice fue darme muchos besitos. Qué vergüenza decirlo, pero me di besos por los brazos y me habría dado un morreo si fuera técnicamente posible. Dicen que Marilyn Manson se quitó una costilla para poder chupársela.

En plena agonía me dormí, y tuve unos tres o cuatro sueños guarros que no recuerdo, podría haber aparecido cualquiera. Hasta Marilyn Manson. Esta mañana he leído en diagonal un post que explicaba que el sexo refuerza el sistema inmunitario. Debía ser mi psique protegiéndome de los malos augurios.

 

 

20 horas

 

 

Lauri me manda un video bailando en su habitación una canción de Alt J.

—Como bailamos juntas cada fin de semana…

Una de las cosas que más me gustan en el mundo es su cara de baile, muy seria y concentrada. Me hace mucha risa. La pone siempre que entramos a Bershka. Nos miramos y ya está, lo sabemos: hay que moverse como en un after, sorteando los burros con ropa fluorescente.

Yo bailo frente al espejo del baño una de Florence+The Machine. Salto y veo mi pelo botar a cámara lenta.

—Mañana quedamos para bailar la misma canción.

Creo que lo crucial es que sigamos bailando.

 

 

Sábado 21 de marzo
21 horas

 

 

Llevo todo el día de teleoperadora y me va a estallar la cabeza de tanta pantalla. Primero he participado en un coloquio con desconocidos muy interesantes en el que nos aventurábamos a imaginar el mundo post-apocalíptico —y quizá sea mejor y todo—. Luego me he reunido con otro grupo por Whatsapp para hablar del corto que vamos a grabar en cuanto podamos.  Y me ha escrito un colega para decirme que gracias al taller de escritura que impartí por directo ayer, se ha arrancado a escribir, que no lo hacía desde Bachiller.

Quizá a alguien sí le importa lo que digo, después de todo.

Entremedias, mi Jorgi ha dado negativo, así que está inmunizao que te cagas. Y mi ahijada tiene ya carita de persona mayor.

Estoy contenta porque se está armando una buena fiesta desde los balcones. Puede que sea el primer sábado desde el fin de la Guerra Civil en el que nadie sale a celebrar nada, pero la gente sigue festejando, sigue aplaudiendo en la ventana. La gente sigue bailando donde puede y como puede.

Y no sé, me siento orgullosa de ser, de pertenecer.

 

 

Domingo 22 de marzo
16:09 horas

 

 

Mi astróloga de referencia se autodenomina «líder espiritual», con todas sus operaciones faciales -labios, tabique, pómulos… creo que le han dejado la cara un poco cubista- y habla de Saturno juguetón que vuelve desde el año 63, desde el año 91. Ese año nací yo.

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¿Puede ser que ahora la gente necesite las ideas? El contenido. Los sueños.

Los creadores nos pasamos el día rogando un poquito de atención, a ver si entre memes y jajas podemos colar algo con sentido.

No hay que hacerse ilusiones: todo volverá a lo de siempre en cuanto puedan pisar la calle de nuevo. A no ser que esto cale lo suficiente para que no solo aquellos acostumbrados al silencio y a la mirada interior sean quienes floten; aunque lo consigan malamente, claro: tragando agua y sacándola por la nariz.

¿Algún caballero tiene un pañuelito con las iniciales grabadas? Una mascarilla también me sirve. Un guante de látex, un condón sin usar. Una bolsa del Mercadona. Un rollo de papel higiénico.

Nota 1: «si a tu novio le cabe con holgura el pene en el cartón del papel del váter, preocúpate». Esta es una de las piezas de sabiduría centenaria cosechada por mí misma que atesoro para mis hijos, mis nietos, mis bisnietos, mis tataranietos.

Nota 2: el otro día se me ocurrió un epitafio cojonudo, pero se me ha olvidado. Debió ser de esas cosas que pienso antes de sobarme. La cantidad de poemas que se han perdido así. De hecho, jamás volveré a tener novio serio porque muchas veces tengo que encender la luz para apuntarlos en mi libreta. Mi novio hipotético estará hasta la polla de mis lamparitas y me abandonará en seguida. No pasa nada, estoy preparada para eso. A no ser que la polla en cuestión no quepa en el cilindro de papel del culo. Entonces sería una verdadera tragedia.

 

 

16:48 horas

 

 

Uso el «Método Rorri», patentado por mi prima. Consiste en prepararse mogollón de pasta y comerse la mitad del plato a la hora del almuerzo y la otra mitad a la hora de la merienda, después de la siesta.

«Niña, si no te acabas las lentejas te las guardo para después». No se apure, señora, ya lo hago yo sola.

 

 

Martes, 24 de marzo
23:11 horas

 

La verdad es que desde que he dejado de ver las noticias estoy de puta madre. Bueno, no tanto, pero bastante sí. O sea, que si me meto en mi pompa todo va relativamente bien. Lo malo es que se escapa algún titular, como ese horrible de la pista de hielo repleta de cadáveres. Se entenderá que es difícil mantener la cordura en un momento como este. Yo hoy cocinaba mis pechugas de pavo braseadas y les hacía fotos para dibujarles caritas tristes porque se me han quemado, me reía con mis propias ocurrencias, incluso me permitía disfrutar de la música y trabajar y descansar y, oigan ustedes, hasta un amago de siesta, en paz, de esto que he pensado coño qué en paz estoy, qué raro; y claro, los titulares.

No me gustan las noticias. En sí, no me gustan. Tampoco cómo las presentan.

Yo, hoy por hoy, tengo motivos para sonreír, a pesar de todo. Y voy a seguir sonriendo mientras pueda. No sé a quién ayudo dejándome absorber por esta negrura. Sé que está ahí, lo sé, lo sé, joder, no se habla de otra cosa en semanas. No es que no lo sepa. Es solo que prefiero no saberlo.

—Hola familia. Solo quería deciros que os quiero mucho y que estoy deseando que estemos los cinco juntos y no repartidos por la península Ibérica —tecleo.

Me preparo mi infusión Relax de rigor y me pongo la serie malísima que estoy viendo. Me acabé la anterior —era tan, tan, tan mala que adiviné el asesino en el primer capítulo, eso o yo soy jodidamente inteligente— y ahora he elegido esta de Naomi Watts y el protagonista de Love by Gaspar Noe y gente así importante, pero la directora es la misma de 50 sombras de Grey y hace unos planos insoportables. Con fondos difuminados, a contraluz. De un pasteloso que parece un film alemán de Antena 3 de domingo por la tarde.

Así está bien. Me hace no pensar. Solo pienso en lo mala que es la serie y santas pascuas. Tengo poca tolerancia a Pizarnik ahora mismo.

 

 

Lunes  30 de marzo
16:47 horas

 

Desde que han cambiado la hora me he desregulado. Me sorprendí ayer acostándome pasada la una; y lo mismo se ha dado esta mañana. Ya era la hora de comer en el desayuno.

Me costó conciliar el sueño y me enfadé mucho, con dolor de cabeza. Creo que tuve una especie de premonición, como Paige en Embrujadas —creo que era ella—, porque hoy me han informado de que se han llevado a mi casero al hospital.

Me he acordado de que él me dijo el otro día que si venía el virus ese no debía preocuparme, porque «él lo haría virutas». Y no sé, me he puesto a llorar otra vez.

Rezo de nuevo —llevaba años sin hacerlo— por mis abuelos vivos y por mis padres en especial, todos lejanos y yo tan chiquitita, pero se me había olvidado mi casero. Lo consideraba inmortal o algo. Pasa todos los días frente a mi ventana y me da microinfartos porque se pega al cristal en un silencio sepulcral hasta que lo descubro y chillo y me llevo la mano al corazón. Cuando le digo que me va a matar de un ataque se ríe. Parece un niño pequeño. Es más cabezón que yo. Me ha puesto los estantes él solo aunque yo me quejaba a menudo de que me considerara una inútil. Cuando nos peleamos dejamos de hablarnos unos días y nos saludamos con educación resentida. Luego hacemos las paces y nos abrazamos.

—Tú eres como mi nieta —me dijo en la última trifulca.

Como no sé qué coño hacer con esta congoja, le dedico un post y lo envío a un periódico.

No sé hacer nada más que escribir. No sé si sirve de algo, ni si lo hago lo suficientemente bien como para transmitir lo que quiero, lo que siento.

Hoy llueve otra vez y nadie se asoma a mi ventana.

 

 

17:46  horas

 

 

A mi muerte, me gustaría que hicieran sonar Bon Iver.

Y si puede ser, me gustaría que dentro de los que me lloran sonara Bon Iver. Esa sería mi máxima aspiración en la vida.

Lo dejo aquí por si alguien puede hacer algo al respecto, llegado el momento.

 

Jueves 2 de abril
11:07 horas

 

 

Tengo la sensación de que este confinamiento me está dejando a solas con mis excusas. Estoy quieta y no paro de moverme, pero el viaje es hacia dentro. Nada estático.

Estoy a solas con mis defectos, ya no hay nada con que taparlos ni a nadie a quien echarle la culpa. Estoy a solas con mis miedos, ya no puedo colorearlos ni buscar salidas fáciles para darme la falsa sensación de haber hallado la equis. Estoy a solas con mis sentimientos, no vale diluirlos en un par de cervezas. Estoy a solas con mi voluntad, que ya no se falsea haciendo algo completamente incoherente con lo que necesito.

Cuanto más pequeño se hace el mundo material cotidiano, más rico y variado se presenta. Ninguna verdad es universal y hay contrapartidas y partes contrarias que no lo son. Solo personas, solo situaciones.

 

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Me cuesta mucho sentir el dolor. Antes que dolor siento rabia, va en ese orden. La rabia me impulsa, es motor. Sin rabia no sabría cómo funcionar, sin algo contra lo que protestar. Si hago desde el amor me siento débil, que no vulnerable. La vulnerabilidad nos humaniza, pero a mí no me gusta ser humana porque los humanos sufren. Yo sufro por mi cerrazón, a fin de cuentas.

No me había dado cuenta de que las barreras que levantas para protegerte acaban encerrándote. Y que el único campo de sinceridad total que me permito son los textos que no comparto.

En Girls, en la última temporada, nos enseñan a los espectadores en los créditos finales de capítulo cómo se conocieron Hannah y Adam. Así vivo yo: mostrando la verdad originaria en los créditos, cuando ya es tarde y mis propios dolores han prescrito. Solo queda la herida grande, fortalecida, y esa absurda sensación de estar a salvo.

 

 

Domingo 5 de abril
19:28 horas

 

 

Escribo esto rápido mientras caliento agua para café soluble. Las fresas con muesli, plátano y leche aguardan en el bol. Se están remojando, absorbiendo y reblandeciendo. Cuando cruje está bueno, pero cuando no también.

No recordaba lo que me gustaba el sol, la Coca cola light con hielo y una rodaja de limón; y un cigarro. Eso era lo único que no cambiaba a través de los años y los lugares, los amigos que hacía en los sitios nuevos me convidaban a Coca colas light. Incluso una vez me hicieron un pack con sus caras por mi cumpleaños.

He comprobado que sigue vigente.

Casi me muero del gusto al sentir el calor acumulado de la chaqueta de Rosalía del año pasado, que es de pelufa.

He aplazado deadlines y he dibujado cosas en el patio.

No me he enfadado cuando el sol se ha ido, puntual, a las cuatro.

Tampoco cuando han pospuesto el deadline del confinamiento.

Ya no me enfado, así, en general. Espero que esto quede así. En tablas conmigo misma.

 

Miércoles 8 de abril
9:18 horas

 

 

He tenido un sueño curioso y me he quedado desvelada, tranquila, leyendo en la cama. Vozdevieja de Elisa Victoria me hace reír, a veces en voz alta. Eso es una maravilla.

Cuando entraba la luz a través de las cortinas me he puesto en pie y he preparado el café de rigor. Estoy blandita como la temperatura, más tórrida. Ya no llega un soplo de viento helado cuando abro la puerta a primera hora. Y entiéndase que mi primera hora es la cuarta o la quinta de algunos. Soy de ciclos nocturnos, yo; de las que pueden no comer nada hasta las cinco y se activan mentalmente a las siete. Por eso me pierdo los amaneceres. Porque duermo como un tronco en la madrugada.

Este amanecer ha sido muy bonito.

Me ha llegado un mail de Mer. Mer es una de mis amigas más antiguas. Siempre le digo que es como un chicle del chino, duro por fuera y mórbido por dentro. Creo que esto se lo dije cuando teníamos unos doce años, pero lo recuerdo porque es verdad. Si alguien dice algo de ella le parto la puta cabeza. Y su risa de cabra es un cascabel para mis oídos. Este es el resumen de Mer.

Mer me ha dado su opinión sobre mi libro y sobre mí. Y yo he roto a llorar, de buena mañana. De esas palabras que uno prefiere no compartir porque son suyas; son nuestras. Baste con decir que, en respuesta, le he dado las gracias por haberme salvado la vida cada tarde de pipas, de pillaos en el Corte Inglés, de pizzas en casa de alguna, de cine y montaditos.

Tengo muchas ganas, no de que me abracen, sino de abrazar yo.

Siento a los míos a través de la música, de las fotos de mi casa, de mi ropa. Anoche, tumbada en la alfombra que servía de cubrecama para mis antepasados, después de haber pintado más horas seguidas de las que recomienda mi espalda —me calenté una pizza cuando empezaron a darme ganas de vomitar de hambre—, fumé un cigarro y pensé: esto es casa.

Y sí, Mer sí me ha dicho que he sido valiente al irme para encontrarme. Y que reconoce lo feliz que estoy ahora de haber encontrado mi sitio. Eso sí lo puedo revelar. Porque es cierto. Estoy encontrando mi casa, y no es solo esta en la que estoy confinada a mis anchas, de sus treinta metros discretos y útiles todos, todos, todos.

En mi casa hace calorcito y lloro con la música y soy capaz de decirlo. Que lloro. Y no siempre es de pena. De hecho, casi nunca lo es.

 

 

Viernes 10 de abril
00:17 horas

 

Cuando me mandaron la primera foto de esta casa ya la veía. A la vez no tenía ni idea de cómo sería. No sabía que sería tan bonita.

Recuerdo que tenía miedo de bajar a verla. Como si fuera a descubrir si mis quimeras se verían desmanteladas de un vistazo, o si, por el contrario, se confirmarían mis ensoñaciones.

Fue extraño. Porque cuando la ocupé, todavía sin cocina siquiera, sin lavabo… yo ya la veía. No así, no tan bonita, qué va. Eso vino luego, con mimo y con muchas visitas a los comercios, así, en goteo. La decisión importante del sillón, la decisión importantísima del sofá. La nevera. El horno. Las cortinas.

Parte a parte, pieza a pieza.

Fue extraño porque al entrar ya la sentía mía.

No sabía que iba a ser tan bonita. Ni tan mía que pensara muy mucho antes de abrir la puerta a cualquiera. Tanto que, hasta el momento, no he llegado a albergar a nadie. Aunque les ofreciera un espacio transitorio, no he llegado a compartirla.

A veces siento que esta casa es imposible de compartir. Esta casa resulta demasiado chiquita para los altos, demasiado estrecha para los gordos, demasiado minúscula para los que ocupan, demasiado silenciosa para los gritones, demasiado inabarcable en tres pasos largos. Está hecha a mi medida. Única y exclusivamente a mi medida.

Nadie podría vivir aquí si no fuera yo. No imagino a nadie con una existencia plena en esta casa, nadie que entendiera los recovecos y les dotara de sentido. Nadie podría amar esta casa, cada losa, cada elemento, cada posibilidad no-nata. Nadie la cuidaría de este modo ni la aprendería de memoria. En esta casa no hay un salón, ni un dormitorio, ni un estudio, ni una zona de lectura, ni siquiera una cocina o un aseo. En esta casa está todo al lado y a la vez dividido, y tiene mil lugares donde estar, donde reposar, donde sentirse acogido. Nadie los ve. Yo los veo. Los he visto desde el principio, aunque estuvieran aún sin definir.

x

Esto me pasa a veces con las obras.

Me pasa con las obras todo el tiempo.

Las palabras tienen una forma orgánica de salir, la única posible, o el silencio.

Palabra a palabra se compone la frase, con su ritmo y cadencia, con la estructura de las letras altas y bajas, redondas y espigadas; las palabras largas y las cortas se van dando la mano unas a otras y forman frases, largas y cortas, que se dan la mano a su vez rumbo hacia el párrafo. Bloque a bloque se va erigiendo el imperio, alzándose hacia arriba o extendiéndose en el llano horizonte, y se aproximan al sol arriba o abajo, naciente u ocaso. Cuando una falla, falla todo. Cuando se repiten, se extiende argamasa para sujetar el ladrillo. Uno puede cobijarse en las palabras y encuentra paz en la obra terminada, encuentra un techo y un suelo, encuentra lugares donde descansar la vista y el cuerpo, encuentra el consuelo de un té caliente de la vitrocerámica, encuentra la sanación de una siesta en el sofá y la compañía de las tórtolas. En este silencio uno encuentra su propio silencio. Es ahí donde se yergue la construcción, donde se forja el sentido desde un lugar oculto y secreto que a la vez es muy visible. Está por doquier. Una vez que sale, no se puede evitar: existe. Como los cuadros de las paredes.

Hacer una obra, o reparar una obra, es como hacer o reparar una casa. Las casas varían. Hay una casa perfecta para cada persona, según quién sea esa persona.

Es fácil vivir en mi patio porque yo doto de significado a mi patio. Antes de mí, esto era un trastero abandonado y el patio era un trozo de tierra de nadie.

No los veían. No podían ver sus posibilidades.

Yo tenía que llegar a habitarlos.

 

 

Sábado   11 de abril
21:38 horas

 

 

El sol hoy ha salido a otra hora. Sobre las seis se colaba por el hueco inverso, la cara contraria del edificio de enfrente. Me he aproximado al abismo florecido y reverdecido y he hablado tres horas con Dav, quedándonos en silencio a menudo. Siempre digo que es mi mejor ex por lo bien que nos llevamos, casi diez años después; pero he tenido mucha suerte con los ex en general. En general, creo que he tenido mucha suerte en todo y no me había dado cuenta.

Estoy en paz, creo.

Encontré pilas el otro día en un cajón y ahora mis tres hileras de bombillas han rejuvenecido. He apagado el resto de luces de la casa, me he desnudado para la ducha  y he puesto la misma de Florence + The Machine, que ya no es un grito ahogado sino de júbilo. Pero antes me he permitido escribir esto tumbada en el sofá. No hay prisa. Ya no hay prisa con nada.

No quiero volver al mundo de antes.

Estoy en paz. Y es una paz nueva. Y creo.

Nunca la había degustado. Se parece a la libertad, a cejar en la lucha y rendirse, al abrazo en cueros. A la fe sin avales, a las puertas abiertas. A los límites bien trazados, a la ausencia de calendario, de ruta y de destino. A un rayo de sol inesperado que juguetea entre las ramas de los árboles, entre las hojas, si tú te mueves un poco de posición.

 

 

Lunes 20 de abril
22:40 horas

 

 

Suena Arrival of the birds, y es curioso porque los pájaros son los únicos que hablan aquí últimamente. Quiero decir que mantienen conversaciones escandalosas entre ellos a todas horas, entusiasmados por la ausencia de tráfico. Cuando es el turno de las tórtolas cierro los ojos y dejo que cale ese ulular, directo de mi tierra. Se me eriza el vello de los brazos y respiro profundo.

Podría decir que esto es nuevo, que no ha venido avanzado en fogonazos. Para lo importante hay que hablar en clave, ya se sabe. Los fogonazos. El tiempo detenido en esa constelación de lunares —otra vez el tiempo detenido—. «Te faltan cuatro, descúbrelas antes del final del día». Y ese olor a casa en un ombligo en un cubículo improbable donde tampoco pasan las horas pero sí, alguien que llama a la puerta. La sonrisilla que se escapa al ver unas letras en su máxima armonía en pantalla, no poder negar la sonrisilla y dejarla que fluya, que flote, que vuele. Lejos, cerca. Dentro, fuera. Respira. Te quiero libre. Libre, te quiero, te quiero libre. Suelta. Confía. Los dedos entrelazados. La cosita rosa. Y los deseos en el monasterio budista con los cerezos en flor, los deseos en la monja del Malecón a cuarenta grados, los deseos de cumpleaños en el Born con tarta de limón y dulce de leche. Los deseos que se cumplen; nunca se sabe cuándo ni cómo. El mundo que no acaba porque se reinventa una y otra vez, y el patio que no reverdece, verdece a secas. Hay ramas nuevas y cada vez están más cerca de casa. Y no tiene sentido elegir lo que no, y sí tiene sentido quedarse con lo que sí.

 

 

Miércoles 22 de abril
18:11 horas

 

 

Tengo este recuerdo de mi padre. Concretamente, sus manos. Una de ellas, con el codo apoyado en la ventanilla en ángulo hacia el volante, la otra sobre la palanca de cambios. Haciendo tamborilear el anillo de oro al ritmo de la música. Mi madre, ocasionalmente, con la izquierda sobre la suya.

Cat Stevens sonando de fondo. Todos en silencio, como en una misa. Yendo a algún lugar mientras los colores se fundían fuera en una paleta de acrílicos y los matorrales se fundían, por su parte, con el asfalto y los cerros bajos . La cabeza sudada de Pepe sobre mis muslos, Álvaro usando una chaqueta como almohada.

En mi primera clase de conducir, tomé asiento igual que mi padre.

No sabía que tenía que tener las dos manos, a las dos menos diez, en el volante. O a las diez y diez, no lo sé aún.

Daba igual donde fuéramos, si era de día o de noche. Todo lo importante estaba en ese coche.

El año pasado pedí a mi padre que me trajera a mi casa. No tenía fuerzas para volver sola. Él no se lo pensó, aunque su padre ya andaba enfermo. «Tengo un padre, pero también tengo una hija».

Al despedirse, me dijo:

—Quien se quede contigo tendrá suerte de verte en tus alegrías y en tus derrotas. Tendréis peleas sicilianas y reconciliaciones de película.

Cuando se subió en el coche de vuelta, me dieron ganas de subirme con él. Siempre me pasa algo así cuando me despido de mi padre. Me gustaría llevarlo de piloto. O de copiloto, con la música; ahora que sé conducir.

No sé si todas las familias tienen la suerte de tener una banda sonora como esta.

 

 

Lunes 4 de mayo
00:29 horas

 

 

Ay, amiguita, que nos conocemos. Ahora nos callamos.

Porque soy feliz como nunca antes en mi luna de miel infinita.

Y los runners y los paseantes en parejas que se sacan selfies y los perros y las familias Tralará, todos esos poblando la ladera de la montaña otrora desierta; me sobran. Nos confinamos dos meses y al primer pistoletazo salimos en masa. ¿Tiene eso algún sentido?

Solo quiero un poco más de esto. No me quitéis esto ahora, no me obliguéis a volver al ruido.

 

x

 

Pienso que ante la falta de recursos, por las tiendas chapadas, he tenido que llevar al extremo la inventiva para apaños que cubriesen necesidades. Hoy, por ejemplo, he elaborado etiquetas de Apokálypsis con cartones en relieve, acrílico, Pilot, trozos de cortina en jirones y grapas. Y me han quedado muy decentes.

Apokálypsis significa «destapar algo que estaba oculto, desvelar».

También he entendido el núcleo de mi trabajo: ser matrona o paridera de textos; hacer que esas criaturas lleguen al mundo lo más limpias y coherentes posible. Me está saliendo curro extra, ahora que todo se deprime.

He hallado los caminos subterráneos de mi propia reacción a la acción y los modifico a conciencia ampliando del plano detalle a la panorámica. Y tantas otras cosas que no cuento porque ya no necesito decir las cosas para que existan, ni fijarlas para que no se muevan.

En el silencio he encontrado todas las respuestas.

Respeto absoluto, libertad como premisa, amor ilimitado con límites. Un ritmo distinto, pausado, más acorde.

No me hagáis volver al ruido, por favor.

 

 

00:40 horas

 

 

Nah.

Se me ha entrenado la mente en el puro pragmatismo poético durante este retiro.

Nada es nunca lo mismo.

Nada es.

Nunca.

Lo mismo.

 

 

00:46 horas

 

 

El silencio lo voy a llevar dentro.

 

 

Lunes, 18 de mayo
00:25 horas

 

Dios creó el mundo en siete días.

Eso es una mentira, pero también es una verdad.

El mundo a veces se reconstruye entero en unas pocas horas, en unos pocos días, a fogonazos de claridad y caminos de sombra. Siete. Siete días.

En ese tiempo se integran las piezas del puzzle, se abren preguntas en las grietas y se cierran con el suspiro exhalado. Lento.

Los ritmos cambian. En lugar de ser una escalera, es un paseo. Más horizontal y menos vertical, imagino. No hay que llegar a ningún sitio en particular, máxime cuando aquí seguimos en fase 0, o en fase 0.5, que es como decir toma un poquito, solo un poquito; no se altera la base, pero sí la sustancia, en lo profundo sí hay evolución y ya no son títulos ni conquistas, no son números sino lazos, es más una capacidad remanente: una capacidad de capear, de surfear las olas, de pasear en horizontal; una capacidad de trabajo fija y conquistada, una capacidad de amar inexplorada y liberadora. Una capacidad de sostener en el aire las preguntas y las respuestas que aún no terminan de cuajar, solo asoman.

Yo no sé cómo saldré de aquí, pero ya lo atisbo un poco.

Después del trayecto al Supercor cerrado he descubierto una alergia nueva: a la piel del kiwi. Buscaba tabaco y en cambio he hallado otra cosa: oxígeno.

No se encuentra lo que uno busca, sino lo que uno necesita. Y abandonarse no es lo mismo que fluir, someterse no es igual que aceptar.

Creo que lo que quiero decir es que ahora miro los caracolitos que salen después de las lluvias y los respeto, y otras los piso sin querer y me lamento. Que unas veces admiro los caminos de hormigas que se cuelan a través de la baldosa rota del baño y luego los extermino con un spray con olor a lavanda.

Quiero decir que viene una voz de hace nueve años —nueve, contamos juntos— y me cuenta cosas de quien soy que no recordaba, y me planta delante una realidad que prefiero a veces no ver, y me pregunto en qué cojones he estado invirtiendo la energía, a qué voces les doy micrófono y cuáles dejo en mute, qué injusticia, y me respondo que en muchas cosas, en muchas lecciones, pero que quizá las mías ya las he aprendido y eso es todo, que quizá ya no hay mucho más que hacer, que quizá aceptar no es lo mismo que someterse.

Que puede que tenga capacidad de decidir, incluso aquello que menos me apetecía decidir. Que quizá todo siga igual y todo haya cambiado indefectiblemente.

Que me equivoco siempre que me refiero al confinamiento y digo «vacaciones», y que es posible que haya llegado el momento de tomarme vacaciones, por primera vez en siete días, en tres años, en la vida entera.

 

 

Jueves 21 de mayo
12:07 horas

 

 

Estoy esperando. Nada en concreto, varias cosas en especial. Principalmente, que llegue el rayo de sol a mi parte de las escaleras. Tengo calculadas las franjas horarias en las que el sol se me administra en diferentes lugares del patio. De 12:30-13:00 en las escaleras, de 13:00-14:00 en la zona izquierda delantera; de 14:00-16:00 en la derecha. Luego vuelve a las 18:00 para despedirse.

Conocí a Pablo el primer día de Erasmus. O sea, el día que llegué a Bolonia. Yo iba sola en un taxi y había aprendido a decir la dirección de la residencia. Cuando me depositaron frente a unos contenedores me dio miedo. Una calle principal entre las sombras, una calle infinita con un límite claro, en las Due Torri inclinadas que bifurcaban los caminos, que se llamaba San Felice y cumpliría sus promesas a la larga y a la corta. Pero yo aún no lo sabía.

Pablo no iba solo, sino con su madre; porque según dijo «yo soy más fuerte que él». Creo que se equivoca. Es que yo nunca he sabido pedir ayuda.

Tenía aspecto de señorito andaluz, con su bandera gigante de España en el monolocale y su poca gana de sentarse en el suelo de Piazza Verdi para no mancharse los pantalones. A mí siempre me ha gustado bastante ensuciarme. La plaza estaba repleta de barboni que se habían quedado atrapados en las latas de cerveza, los chupitos a un euro, el amor inmortal de la época universitaria y los descansos entre lecciones en diferentes edificios. Eso era particular de Bolonia: la universidad más antigua de Europa no consistía en un edificio, sino en muchos. Estaban esparcidos en el núcleo de la ciudad, como si el saber no ocupara lugar y a la vez los ocupara todos. Era difícil orientarse, aunque el plano era bien pequeño. Para siempre joven Bolonia, no se veían apenas familias con carricoches; solo estudiantes, estudiantes de la vida. Gente que no sabía apenas nada. Íbamos aprendiendo paso a paso.

Se me reseteó la mente para amoldarme al italiano. La jerga se redujo a la simplicidad de otra lengua. Tengo hambre, jamba, jalufa, gusa, gula: ho fame. Llano, directo. Me olvidé de mi apellido y mi nombre pasó a ser el de un híbrido, porque Andrea es de chico allí. Tenía un amigo que se llamaba como yo, con el pelo parecido. Andrea y Andrea, a saber quién era cuál si nos veías de espaldas pateando las calles. Este amigo y yo veíamos series sin descanso como si aquella fuera la única tarea. Me despertaba, atravesaba el pasillo hasta su casa en pijama, me preparaba el café y comenzaba la jornada. Nos tumbábamos en su cama, poníamos Lost y fumábamos. Comíamos yogur, por petición mía, o pizza con salsa picante por decisión suya. De noche robábamos señales de tráfico. Las horas transcurrían en silencio o en una risa floja que se desataba cada vez que él me reprendía con su acento romano. Según su cariño diario me llamaba cucciolina, cucciola o cucciolotta. Jamás nos acostamos, éramos amigos. Una vez introdujo la mano entre los pliegues de mi falda cuando yo le abrazaba, pero íbamos borrachos y estábamos en un jardín privado comunitario. La dueña lo había habilitado para las reuniones de jóvenes, ponía a su disposición las sillas de plástico rotas y las mesas endebles y nosotros llevábamos la comida y la bebida. Ella era feliz con pasarse a saludar y disfrutar del agradecimiento de los polluelos que acudían al nido a festejar su presente, su infinita juventud. Me despedí de Andrea con un abrazo antes de tomar el vuelo de vuelta; pero lo pensé mejor, me giré y le di un beso en los labios.

Ciao, cucciolo.

Pablo, decía, Pablo no era convencional en absoluto, aunque sus camisas engañaran a los demás. Era uno de esos tesoros que el mundo tiene escondidos detrás de las fachadas. En Literatura hay personajes planos y personajes redondos: los primeros son secundarios, mientras que los segundos son primarios. Sin embargo, no es cierto: todos somos bien redondos. Esto es así. Por eso mis ex son un ejército de fachadas con fondos sorprendentes. Nadie diría lo que hay debajo, pero yo me enorgullezco de verlo en seguida y me siento afortunada cuando me dejan descubrirles.

Hablo de Pablo, mi amigo del Erasmus, porque la vida me lo devolvió, cual angelito, hace unos días. Estuvimos haciendo videollamada, de Cataluña a Andalucía, y me dijo cosas sobre mí que necesitaba oír, aunque no lo sabía. Me habló de quién era yo cuando se me cayó el apellido y mi nombre se convirtió en un híbrido capaz de albergar todos los nombres, todos los géneros, todas las circunstancias. Me narró mi propia historia, mi magia personal, y me planteé en qué punto he dejado de tener ganas de conocer, en qué punto cerré la puerta.

—No me lo puedo creer, Andrea. Si lo que más te gusta en el mundo es sentarte en una terraza hasta que se vaya el sol, e incluso después; fumarte ochenta cigarros, beber vino… y hablar. Hablar. Hablar.

Hablar del otro, de mí, de los demás, del sistema y de la falta de sistema, de la magia y del orden, de todo eso. Sí, es cierto. Entonces la vida era juventud y yo era un sí gigante y rotundo. En qué punto empecé a cerrar la puerta, cuándo comenzó esto a dañarme de verdad, sin juegos. Cuándo bajé el listón y me conformé con cualquier cosa. Yo comía chuletones en compañía y ahora me basta con roer algún hueso de pollo desnudo.

Me di cuenta de que sí escribo desnuda, pero ya no vivo desnuda.

Y quiero volver a ser esa persona que Pablo describió.

—Es genial, porque han pasado nueve años y sigues igual —fue lo primero que me dijo, en cuanto la imagen de FaceTime se centró.

Eso era muy buena noticia, aunque él no lo supiera.

—Tú también estás igual. Más sereno, quizá.

Y Ad lo dijo ayer:

—Y pensar que aquella que conducía para ir al máster en Madrid, con el pelo liso, corto y oscuro… eras tú. Estabas debajo de todas esas capas.

Debajo de todas esas capas.

Y ahora, con perdón, paro y me salgo al patio, que es el turno de la luz en las escaleras.