‘Sobre Bellas despiertas y terroristas emocionales’- laverdad.es

Sobre Bellas despiertas y terroristas emocionales

Dice la artista Betty Dodson, que se dedicó a presentar en los tempranos setenta la primera serie de diapositivas de vulvas —y sufrió la correspondiente censura con la exhibición del clítoris en una galería—; que «el amor romántico es uno de los conceptos más dañinos para las mujeres del planeta: a las niñas pequeñas que crecen con La bella durmiente de Disney se les enseña que tienen que esperar a un príncipe que las despierte».

Pero ¿qué pasa si la Bella ya ha despertado? Pongamos por caso que tiene los ojos bien abiertos. Que le gusta su trabajo, o lo tolera. Que está en paz con su grupo de amistades. Que se lleva relativamente bien con su familia. En general, esta princesa de cuento es bastante urbana, capaz de cargar con las bolsas de la compra, de hacer ejercicio y de cuidar su dieta, de ganar dinero y planear los fines de semana según sus apetencias. ¿Sigue la Bella en estado de letargo, en espera de un príncipe perezoso?

Porque ay, los príncipes se han vuelto perezosos. O incapaces. Repasando narrativas cercanas, se aprecia un patrón que un par de amigas tienen a bien llamar «terrorismo emocional», y seguro que tú, querida, lo has padecido en alguna ocasión. El guion es poco original y quizá por eso casi indetectable; es repetitivo cual sitcom y no sorprende por su brillantez, pero sí por la capacidad de atraparnos, de hacernos prisioneras. De adormilarnos.

Este es el supuesto de hecho, seguimos con Bella emancipada. No tiene un hueco, pero sí le gustaría encontrar a alguien. Anhela una conexión entre tanto elenco. No sabe bien si por discurso cultural —pareja, familia con hijos, el pack completo—, o por necesidad fisiológica pura y dura, de afecto y mimos. En realidad, es consustancial al ser humano aquello de la búsqueda de la afinidad. 

Y lo encuentra. De pronto, entre una app cualquiera, en la barra de un bar, en una cena con colegas de colegas, en la cola del cine, en el avión rumbo a Las Maldivas, un par de ojos también despiertos se cruzan con los suyos. Sucede: Cupido, la magia. Es mutua, es recíproca. Pasa lo que tiene que pasar —paréntesis para que cada cual lo rellene como quiera—.

Lo extraño viene luego: el mutismo. Silencio. El príncipe de turno no habla, no se expresa. Unos días dice cosas, otros no dice nada. Sus mensajes se contradicen. Parece que no hace amago de establecer una relación, luego se retracta expresa o tácitamente. El chico está hecho un lío. Y ahí la bella emancipada vierte todas sus capacidades al servicio de la tarea de su vida: salvar al pobre príncipe. Aquejado de una serie de complejos e incapacidades que la bella se encargará de detectar, analizar, justificar y exponer con su grupo más cercano en las tertulias de café; el príncipe se convertirá en el principito. Un hijo, a fin de cuentas, sin la capacidad de discernir o tomar decisiones propias.

El terrorista emocional es el príncipe a tiempo parcial que completa jornada con la figura del villano. La bella, abierta en sinceridad y propósitos, que si se caga con la posibilidad del compromiso desestabilizador está dispuesta a negociarlo y hablarlo; se encuentra súbitamente con su propia incapacidad de trazar un diálogo productivo bajo la amenaza de ser tildada de «loca» o de «pesada»; los dos grandes adjetivos que más horrorizan a las mujeres. 

De este modo, la bella deja de ser tan bella. Se traiciona a sí misma en lo que haría o diría, se somete al silencio para dar la impresión de desafectación. En una palabra: finge. Ya no los orgasmos, sino el interés. Pierde el que ama antes, y ella no quiere perder, pero sobre todo no quiere perderlo. A él, al principito. Porque le sobrestima. Idealiza la parte de príncipe y menoscaba la de villano. Debe ensalzar su brillo, darle la mano al chaval hasta que se convierta en la persona que está destinada a ser. Que generalmente coincide con la versión que la bella-no tan bella se ha creado en su cabeza a partir de pruebas sólidas.

Estimada hermana, tú que te ves o te has visto en esta situación: déjalo. Abandona el proyecto. No es el tuyo. No tiene nada que ver con el amor romántico, sino con la minusvaloración de ese adulto que es el principito. Él es capaz de tomar sus propias decisiones, y si no muestra interés evidente no eres tú quien debe convencerle de tus atributos y tus grandes virtudes; que las tienes. Si no es capaz de verlo, acéptalo. Haz las maletas y vete con los ojos abiertos a otra parte. No pierdas el tiempo haciendo conjeturas, no te desgastes trazando hipótesis o elucubrando —¿serán para mí sus stories? ¿Son indirectas?—, por una sencilla razón: tiene boca para hablar y dedos para teclear. Si quisiera comunicarte algo, lo haría. Punto. Si no quiere o no puede, a ti qué más te da. Eso solo te demuestra que ni príncipe ni villano; sino incapaz, sino terrorista emocional… en caso de que lo permitas.

No lo permitas. Es un consejo del Fromm; pezqueñines no, gracias, mejor déjalos crecer. 

No rebajes tu potencia, tu capacidad, tu madurez, tus planes, tus objetivos, tu energía. No merece la pena. Intentar redirigir a un adulto es hasta soberbio. La indiferencia duele, la falta de claridad también, pero más duele enredarse en ese laberinto sin salida de un guion pobre. Tendrás tus momentos de gloria cuando triunfes y bajarás a los infiernos de la desesperación enseguida. Pírate de ahí. Huye de esa pauta. Mereces algo mejor. Y la soltería es mejor que eso.

Tú estás despierta, bella. Que no se te olvide.

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