‘Tratarse bien no cuesta nada’ – laverdad.es

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Cuentan que en los años 20 de cada siglo se ponía de moda un exterminio masivo, o sea que ya tocaba. El famoso 20-20 se ha vuelto un chiste de sí mismo. «Este es nuestro año», decían muchos, confiados en sus proyectos y en su voluntad de llevarlos a cabo. Pero Dios guionista —como yo lo llamo— es, si no caprichoso, sí original. Eso hay que reconocérselo.

Las pandemias son tan añejas como los huracanes, los terremotos o las viejas guerras. Sin embargo, da la casualidad de que esta es una generación mimada por las bondades del sol y el dinero, incluso en las oscilaciones periódicas de la economía. Por las tablets, las motos de agua, las marineras en terrazas y los fines de semana en Marina d’Or ciudad de vacaciones dígame. Tradicionalmente, nuestros males se han circunscrito al bolsillo. Un aire de invencibilidad —que no de imbecilidad… ¿o sí?— se apoderaba de nosotros. Aquellos que conocen la guerra en las carnes eran pequeños entonces y ahora se confinan por miedo. Apenas recordaban lo que significaba sentirlo.

Los tiempos son difíciles en cuanto que inciertos. La batalla se libra en los hospitales mientras que en las calles hacemos amago de normalidad —de esa nueva que aún no entendemos—. Corren bulos de nuevos encierros y la desesperanza aumenta. No hay futuro previsible, así que nos sentimos como si no lo hubiera. Las muertes son números a veces, luego tocan los círculos cercanos. Poca broma.

Sin besos y sin abrazos, sin planes, el pasado resurge y rebrota. No todos los confinamientos han sido iguales: los ha habido en soledad, en malas compañías y en buenísimas, por supuesto. Los espacios también han jugado un papel clave estos meses: no es lo mismo morar en un chalé con piscina que en una habitación alquilada con vistas al patio interior.

Nos planteamos, de últimas, qué o quién es lo verdaderamente importante. A veces las respuestas nos sorprenden.

Y es aquí cuando debemos optar por 1) aceptar la frustración, 2) concentrarnos en el ahora como cualquier gurú dictaminaría, 3) agradecer otro día en la Tierra.

Como es obvio, ninguna de estas conductas es típica en nuestra sociedad.

 

Ahora viene la anecdotilla. El otro día, en una casa de comidas con aforo limitado a dos clientes para mantener la distancia de seguridad, una señora se cocía esperando su turno en la calle, a cuarenta grados. Se cocía tanto que parecía puesta de speed: daba vueltas, bufaba, resoplaba.

Cuando salió alguien y nos permitieron pasar a una compi y a mí, ella se coló sin miramientos. Tenía mucho calor, les hacía falta un toldo. Escupía más que hablaba. La pobre dependienta, apurada, le permitió quedarse. «¡Claro que me quedo, faltaría más!», dijo la susodicha, empoderadísima. Nos encogimos de hombros.

Calló un rato y luego volvió a la matraca. En este caso arremetió contra nosotras dos, sugiriendo que nosotras no teníamos prisa y ella sí porque trabajaba. «¿Qué le hace suponer que no trabajamos?», pregunté. Ella contestó, hecha un basilisco: «no me vengas con palabras complejas».

Me subió una ola de rabia parecida a las de calor.

Volví a casa por la tarde e hice amago de comentar la historia, pero mi padre me chafó el hype: «pues a mí me ha atropellado una furgoneta que daba marcha atrás a toda pastilla».

 

Uno podría esperar que en épocas de dificultad germinara un buen trato especial. Ahora, con la desgracia por doquier, nos sentimos más vulnerables a las condiciones clásicas de las relaciones fast food: te uso, te ignoro. También duelen de forma especial las palabras hirientes. Los malos modos a los que estábamos habituados se clavan como aguijones de abejas atolondradas en este clima veraniego que no termina de cuajar.

Estamos, por fin, en la época dorada del año. Un descanso del trasiego rutinario. Con todo,  nos encontramos con restricciones en cualquier parte. Incluso pasear se ha vuelto una actividad peligrosa. Las mascarillas velan por nuestra seguridad, sí, pero bloquean la sensación de familiaridad de estas tierras. Vamos como cubiertos en burkas. En una burbuja.

No es cuestión de ofrecer el codo o de hacer manifestaciones temerarias de achuchones —¿se han vuelto locos? ¿Contra qué protestan exactamente estos anti-COVID?—, sino más bien de cuidar las palabras, los silencios, los actos y las pasividades.

Pensar en el bien común rebasa el terreno del protocolo sanitario y afecta directamente al bienestar afectivo. Algunos calificarían esta diatriba mía de tremenda chorrada, y lo respeto, pero creo que no lo es. En tiempos de guerra, de huracanes y terremotos, el vecino te ofrece un trozo de pan en lugar de quedárselo para sí. A ese tipo de solidaridad necesaria me refiero: a la que no se remunera.

Por eso digo que tratarse bien no cuesta nada. Solo hay que inspirar hondo, aguantar el calor y las diversas tempestades que se obstinan en no amainar. Dar más las gracias y ostentar menos créditos.

Y que el COVID nos pille a todos confesaos.

 

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