‘La masa (poco) crítica’ – eldiario.es

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La idea central de la que parte nuestro ordenamiento jurídico es que necesitamos la represión y el dictado imperativo para funcionar de manera beneficiosa para el bien común. De lo contrario, castigo. Papá Kant fue quien acuñó la sanción como eje fundamental. Algunos discrepan, argumentando diatribas sobre el sentido común para anclarlo en calidad de piedra angular alternativa.

¿Qué ocurriría si no hiciera falta que nos gobernaran a base de hostias? Buena pregunta para hacerse en cualquier momento; con el café matutino, el té de merienda o el vino de la noche.

Tristemente, yo concluyo que papá Kant, con su vara de hierro para dar azotes, tenía razón.

Lo pienso cuando salgo a correr el pasado domingo a las 21 horas por el monte cercano a mi casa, habitualmente desierto. Evito salir el sábado por no sumarme a lo que se intuía ya una muchedumbre. Ya que no permiten abrir los comercios para evitar aglomeraciones… en fin. Esas cosas.

Pues después de estos sesenta días en la soledad más absoluta —que a mí me han acabado sabiendo a agua bendita—, salgo a correr el domingo. Y voy chocándome con perros, humanos solitarios que se hacen selfies con las vistas, parejas de humanos que caminan tan lento que parece que van hacia atrás; familias Tralará y otros grupos que, bueno, que dudo mucho que convivan juntos. Ejemplo: quinceañeros agrupados en torno a unas latas; de los que se desprende un singular aroma verde… y no de plantas aromáticas.

Info: la masa crítica corresponde al número indispensable de individuos necesarios para que un fenómeno se produzca, en términos de sociología.

Esta masa fue recluida en casa hace dos meses. Digamos que, siguiendo la teoría de catástrofes, el virus fue el punto de inflexión: la catástrofe.

Algunos, los más ingenuos, creímos factible que pudiera evolucionarse hacia otro patrón de conducta; que tomáramos conciencia de la situación y nos comportáramos en consecuencia sin que viniera el guardia de turno a echarnos la reprimenda. Pero qué va, dice papá Kant, no seas primo. La gente no aprende.

La masa poco crítica se recluye por miedo a las multas. Aplaude en los balcones para desfogar adrenalina. Aparece en decenas, cientos, miles; en cuanto se le permite. El virus sigue ahí, pero ahora la cajera del súper atiende con la mascarilla bajada, porque si el Estado dice desescalamiento; amén. A tomar por saco.

A la masa poco crítica se le puede vender cualquier cosa, el marketing vive de ellos. Santiago Lorenzo los llama «la Mochuza» en su novela Los asquerosos (Blackie Books). Desde un vibrador con funciones nunca vistas hasta conceptos gigantes como los de sexualidad o género.

Seguro que no soy la única feminista que ha sido tildada de «poco o nada feminista» por diferir en el gran esquema de las cosas. Vienen las feministas a medir lo mucho feminista o poco feminista que soy. Tócate los lereles. El feminismo ahora normativo no acepta sentimientos contradictorios, pasiones desbocadas, ganas de gustar, fetiches o algunas ironías; entre otras cosas. No me parece muy distinto a estas personas que salen en masa a las 20 horas; y justo antes, a las 19 horas, se envuelven en látex para tirar la basura en una calle vacía.

La masa crítica se fragua con ciudadanos ejemplares que siguen religiosamente las normas. ¿Cuáles son las normas? Díganlo bien claro y todos las seguiremos sin cuestionarlas. Y si no, papá Kant nos azota y listo. Y si no, nos azota el látigo de la condescendencia o la denuncia pública de esa masa poco crítica que señala con el dedo: a la hoguera, a la hoguera. Ya lo hacían con las brujas hace unos siglos; no ha cambiado.

Pensábamos que era problema del capitalismo, que nos estaba llevando por el camino de la amargura en nuestro afán cada vez más individualista, egocéntrico e hiriente, sin medidores de consecuencias generales. Un «ande yo caliente, que se joda la gente». Pero empiezo a pensar que el hábito no hace al monje, sino que el monje hace su propio hábito. El capitalismo nos representa mejor que nada porque no somos mejores que el capitalismo. Lo llevamos dentro, en las entrañas.

Hay dos tipos de individuos: los que ansían libertad y los que anhelan seguridad. Por muy atrapados que hayamos estado en estos dos meses; no nos engañemos: la masa es parte de la segunda categoría. La seguridad la ofrece la norma vigente, su calorcito, su amparo.

Ahora es seguro salir a ciertas franjas horarias y ser feminista. Antes no lo era. Gracias a Dios en las alturas por esta novedad, por supuesto. Pero lo que quiero decir es que en la Alemania nazi era seguro ser nazi. ¿Me explico?

Por otro lado, como señala la serie After life (Netflix) en una escena magistral en la que dos periodistas locales entrevistan a un hombre en sus generosos cincuenta que se viste como una niña de ocho años, con sus trenzas rubias y su vestidito azul, antes había travestis —hombres que se vestían de mujeres— y personas que operaban su cuerpo para convertirse en el género opuesto. «Pero ahora hay género fluido, trans, androginia…», se lamenta uno de los personajes, «todo se está volviendo muy complicado». «¿Y?», responde el otro.

—Yo soy una niña de ocho años porque así me siento —cuenta el susodicho, o la susodicha, según el criterio de cada cual—; y yo soy aquello que siento.

Y me quedo pensando que olé —que por cierto proviende de Allah(«Dios» en árabe)—; pero también pienso que tenemos demasiadas etiquetas: para los productos en los supermercados, para los seres humanos. Todo en pos de encontrar una cobertura, un resguardo. La misma sensación de seguridad en idéntico esquema. Seguimos fabricando títulos para seguir disgregando colectivos, a fin de cuentas, aunque ahora se multipliquen. En el colectivo hallamos la seguridad para poder ser en libertad. Pero la libertad radical es complicada de conseguir, sí señor, sí señora, sí señore. Y no tiene nada que ver con salir a pelar la pava a las 20 horas con la masa crítica.

 

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