Último día con 27 – lecciones a las puertas de los 30 / ensayo

Tengo tres canas.

Es increíble. Lo desmiente mi mandíbula de niña, pero sí. Tengo tres canas.

Es un hecho.

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El año pasado me desperté con un Buenos días, Matías y un cartelito que decía: «Feliz día. Tus 27 prometen». Desayuné los mini croissants y acudí a mi cita. Me teñí la cabeza entera de rojo. Esperaba que el chico que me gustaba por aquel entonces me felicitara, pero era un chico errante y lo más seguro es que se hubiera olvidado de mi existencia, como sucedía a menudo.

—Me rompe los esquemas —le dije a Amelia, la peluquera.

Ella, con los dedos bañados en sangre, contestó:

—Pues felicidades por eso.

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Mis 27 prometían, pero no se sabía muy bien qué.

La verdad es que me he pasado un año intentando descifrarlo.

 

«Los futuros tienen una forma de caerse a la mitad», apuntaba Benedetti, y esta ha sido la banda sonora durante doce meses, doce causas. Cada vez que decía, ah, sí, esto debe ser la promesa; venía un karma caprichoso y le pegaba una patada. Y a mí, de refilón.

Así que lo que prometían mis 27 –puedo decir ahora, que están a punto de extinguirse- era una lección potente: nada de lo que preveas saldrá como imaginas. Deja de prever.

Al principio esto me apenaba. Dejar de prever se parece mucho a dejar de tener expectativas, y eso se parece mucho a perder la fe y la confianza.

Pero me equivocaba. Dejar de prever significa olvidar el futuro y centrarse en el presente, en cada pisada, renunciando continuamente a un resultado concreto.

 

Es duro. Me refiero a que nos han educado al contrario. Siempre caminamos y hacemos con la vista puesta en el horizonte, donde brilla el cofrecito con el premio. Sabemos que no nos satisface: en cuanto lo conseguimos vislumbramos otro más allá, y así hasta que nos morimos y tal.

Son las reglas del juego, parece. Y están mal hechas.

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Mi agenda anual tiene un espacio para reflexiones semanales –o al menos, un espacio que yo uso para ello- y una cita célebre. Hay una de Barbara Bush que dice «sé siempre tú misma. Bueno, si puedes sé alguien un poco más agradable».

Yo discrepo.

Eso me han enseñado mis 27: no hay manera de ser más agradable. Es un tormento. Forzarse a hacer el bien, a ir rápido hacia los cofrecitos, a ser maja, a ser amena, a ser más asequible, a ser lo que sea que uno piense que debe ser. Falsear emociones nos lleva a la rabia interna. Es un pozo de oro para psicólogos, suscripciones de gimnasio y los jerarcas del capitalismo, entre otras lindezas.

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De pequeña mamá me dio un consejo. Yo no lo recuerdo, lo detectamos como se hace con los piojos, repeinando mechones infantes, mientras yo hacía terapia intensiva. Cuando dinamité mi mundo entero para dejar un par de palabras en el solar calcinado.

—Lo más importante es tener muchos amiguitos —me dijo.

Se ve que yo llamaba la atención, que la profe me quería mucho y que las chicas –hijas del mal- habían empezado a hacerme el vacío.

 

Una de esas niñas me dijo en el patio –eso sí lo recuerdo a la perfección-:

—¿Por qué andas tan erguida? ¿Te estás haciendo la chula?

Seguramente no dijo «erguida», porque es una palabra demasiado culta para una niña, y para esa niña en particular todavía más.

Desde entonces ando chepada. No me quería hacer la chula. Y quería tener muchos amiguitos.

Los tuve.

Vaya si los tuve.

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Desde entonces, sí, perdón y perdón y mil perdones. El mundo no está hecho para la diversidad, aunque nos esforcemos. Los raros no son especiales, son raros. Nadie quiere ser raro. Lo único que queremos es que nos quieran. ¿Dónde hay que firmar? Nos vendemos por fascículos, claro que sí, no hacemos más que eso.

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Después de aquello se topó en mi camino la peor persona que he conocido hasta la fecha. Y las he conocido de todos los colores, quiero decir.

Jamás pienso o hablo de ella. De hecho, los años que fuimos amigas los tengo totalmente disociados. No guardo apenas recuerdos de mi adolescencia, y es el período –de los 10 a los 15- en el que se forma la personalidad. Lo bueno es que, para ser feliz, me metía en los libros de cabeza. Allí, en mi imaginación, todo iba de puta madre.

 

Ella era Hitler y me pedía cosas como esta:

—Oye, no le digas a nadie que te ha bajado la regla. Vamos a esperar a que me baje a mí y se lo contamos a las demás.

Y yo me pasaba años esperando. Esperando. Esperando.

Si necesitaba una compresa o un tampax, pues me buscaba la vida. Nadie podía saber que los dolores que me hacían doblar la columna eran vaginales, no pedía pastillas ni tenía excusa a mano cuando no me encontraba bien para salir a las putas disco-light.

Hace poco descubrí que le guardo un odio tan tenue y desganado que, por ejemplo, si alguien sujetara un cuchillo a dos milímetros de su tráquea y me dijeran, oye, si das una palmada no le rajamos la yugular… bueno. Yo no daría la palmada.

Ese nivel.

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Pero tú sonríe, bonita.

Sé más agradable, como aconseja Barbara Bush.

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En mis 27 he terminado de entender que la mierda es mierda por mucho que la decores. Aunque le pongas lacitos rosas, sigue siendo mierda porque huele a mierda y, si te la comes, sabe a mierda.

Si finges que es chocolate, en fin. Lo único que consigues que se te agarre una mala hostia brutal por dentro.

Me refiero a que si hago mi lista de Kill Bill me quedo sola. Con mi katana.

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No sola, porque gracias a Dios, pero sobre todo gracias a mí y a unas cuantas personas, ahora es más sencillo. Ya no quiero ser una versión depurada de hostias. He descubierto que si sales a la calle con cara de acelga en lugar de quedarte en casa, hay gente que incluso logra hacerte reír. O sea, que puedes obtener energía y no solo desgastarte. Me he dado cuenta, a mis 27 finiquitados, de lo que pesa el lastre y de que hay malas personas, fin. Personas con traumas, o con pasados enrevesados, personas con un presente infumable, personas enfermas, personas y personas y personas y todos somos personas, pero y qué. Camina erguido, coño. Camina erguido porque la vida se ve mejor con el cuello en alto. No pillas tortícolis ni envejeces prematuramente. A todos nos salen canas en un momento u otro, pero ¿no es mejor atrasarlas? ¿O lucirlas con la sensación sabia y pacífica de quien se las ha ganado?

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No te yergas, nos dice la sociedad, ok. La sociedad no quiere que pienses, que te rebeles, que hables. Para ser una buena mujer tienes que tener la boca cerradita. Buena hija, buena nieta, buena prima, buena tía, buena amiga, buena trabajadora, buena novia, buena esposa, buena madre, buena vecina. Estoy hasta el papo de las buenas personas también. Creo que guardan un tupper podrido en los intestinos, eso creo. Desconfío de los arcoíris, para qué negarlo. De quien no se caga en la puta de vez en cuando, desconfío. Estoy harta de esos mea culpa para no mearse en algunos conceptos. No me apetece seguir viendo cómo los potenciales se van por el desagüe solo por amoldarse a una forma de hacer las cosas.

Hay muchas maneras de hacer las cosas.

 

El sistema no tiene estructura y soporte para los raros, pero es que los raros son especiales en el sentido de únicos, y es una maravilla que no vivamos en Un mundo feliz de clones. Yo soy una potencial asesina en serie, pues qué bien. Brindo por ello con una copa de tinto y me acuesto más pancha que los panchitos. Si soy un incordio, pues jodeos. Eso pienso, a mis 27. Jodeos con mi existencia como yo me jodo con algunas otras. ¿Me estoy explicando?

 

Ilustración: @lesathii

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