‘Quemadlo todo’- Querido millennial octubre 2019

laverdad.es

Dice Tácito que en el gran incendio de Roma, Nerón se puso a tocar la lira y a cantar ‘El saqueo de Troya’. La ciudad ardía y él lo celebraba. Luego todos se culparon entre sí: los cristianos, el propio Nerón. ¿Quién quemó Roma?

Algo así me viene a la mente cuando me acuesto en mi cama, en un barrio periférico de Barcelona, y abro los ojos en la oscuridad. De vez en cuando se oyen sirenas. De ambulancias, de bomberos, de policía. Quién sabe. Quién sabe quién está quemando la ciudad, qué está pasando ahí fuera, a tan solo un paseo.

Las calles habituales por las que transito están cerradas al tráfico. La vida se ha detenido y los propietarios de restaurantes comentan que sus parroquianos les dicen «es lo que hay» cuando ellos se quejan de los trastornos que los disturbios causan.

Yo me acuerdo de Nerón en la oscuridad, que quema su propia ciudad. Pienso en autolesiones, sí. En alguien que inflige daño sobre su cuerpo para escenificar una rabia que no puede expulsar hacia fuera. Me recuerda a los partidos de fútbol donde los aficionados escupen perdigones de saliva para defender a su equipo, un pretexto fantástico para desatar la ira. Solo que en este caso no hay saliva, no solo: hay pelotas de goma que ciegan, hay ciegos por todos lados. Hay llamaradas de fuego. ¿Quién se acuerda de los motivos iniciales, llegados a este punto?

Ya no hablamos de Nerón y los cristianos, ahora somos indepes y fachas. Esta división en bloques ha sido el resultante de una receta política complicada. Los ingredientes: un marketing nacionalista brillante, apoyado en valores supremos como la democracia y algunos derechos fundamentales; y una respuesta de inacción, una no-respuesta de autoridad aplastante. Un chitón y al calabozo que ha facilitado las cosas. ¿Quién no iba a querer separarse de un estado tan brutal? Las imágenes de las cargas policiales han servido para avivar un fuego que antes estaba apagado en el corazón de muchos catalanes, y también ha alentado una falsa sensación de poder de aquellos que dicen aquello de «España es una y fin de la historia».

Fin de la historia, de acuerdo. Pero la cosa es que la historia no acaba. Cataluña sigue existiendo, está viva, los que vivimos aquí estamos vivos y tenemos que hacer vida. Y mientras los políticos nos manejan de un lado y de otro, mientras los medios de comunicación nos cuentan sus noticias interesadas, la convivencia se hace casi impracticable. Vemos arder una ciudad preciosa, la capital de uno de los rincones más bonitos de la península.

Yo he habitado Madrid y también Barcelona. Y puedo asegurar que el clima de paz que habitualmente se respira aquí, en la Ciudad Condal, es inusual para una gran urbe. Nadie te pita cuando conduces. La gente no te escupe por ser español, ni siquiera desde que se empezaron a agitar las cosas. Y al ver las columnas de humo subiendo hacia el cielo, a lo lejos, y quedarme recluida en casa, siento una pena indescriptible.

Los de los bloques no sienten pena porque están enquistados en sus férreas posiciones, cada uno con el fervor, con el fuego ardiendo en el pecho, de permanecer en las trincheras y no ceder un ápice. Así comienzan las guerras. Solo digo eso. Solo digo que estamos en un Estado de autonomías con un pasado particular, que tenemos diecisiete comunidades de las que seis tienen lenguas cooficiales, que este no es el primer fenómeno de búsqueda de independencia que hemos presenciado. Que en Euskadi lo intentaron por la fuerza y eso les deslegitimó, pero aquí se estaba probando otra vía más pacífica, aunque la cosa se esté yendo de madre. Digo que el auge del nacionalismo fue promovido para intentar encubrir los escándalos financieros que estaban haciendo perder votos a algunos partidos, pero aun así supieron aprovechar un sentimiento latente y explotarlo en su beneficio. Digo que los conflictos competenciales entre el gobierno central y el autonómico, puramente administrativos, han servido de pasto para las llamas. Y la respuesta ha sido tan agresiva y contundente que se ha creado un caldo de cultivo propicio para la masacre. Eso digo.

Digo que no es raro hablar aquí de guerras, porque la nuestra, la civil, jamás se resolvió. Ese es el motivo de que sigamos con la palabra «facha» en la boca: que hay dos maneras de sanar la herida, y la que elegimos en la transición no fue la de los juicios de Nuremberg, sino la de mirar hacia el futuro, o sea, hacer como si nada. Se llama «Política del Olvido». Esta es la razón por la que seguimos discutiendo dónde ponemos a Franco, por la que las resoluciones judiciales se convierten en un eco de la voz del dictador para algunos oídos, por la que los trajes de policía siguen siendo grises.

No puedo entender, en mi nivel de humilde murciana en Barcelona, cómo la gente se hace selfies frente a las llamas, pero me imagino a Nerón en pleno siglo XXI, quemando su ciudad y cantando con su lira. Y lo entiendo cuando me paro a escuchar las increpaciones de ambos lados. Este fuego que les quema por dentro, a unos y otros, está abriendo una grieta entre nosotros.

Solo espero que no sea abismal antes de que, entre todos, lo quememos todo.

 

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