‘Las tías tochas’- eldiario.es agosto 2019

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Una de las pocas cosas sobre las que nadie se atreve a hablar, o a escribir -¿pocas? ¿he dicho pocas?- es sobre la sexualidad respecto de los roles de género. Ya que el grado de éxito o fracaso en el mundo erótico-festivo suele pertenecer al ámbito de la estricta privacidad, es mejor punto en boca para no pecar de presuntuoso barra a o de todo lo contrario, de parias pajero barra a. Dice el viejo dicho que cuando un hombre te cuente a cuántas se ha ventilado, lo dividas entre tres, y que cuando una mujer haga lo propio, lo multipliques por tres.

Pues yo, comentando en petit comité la evolución de mi curioso historial reciente –desde que empecé a publicar, o sea, a hablar de lo que me viniera en gana-, con algunas anécdotas más bien surrealistas, tengo que escuchar:

—Normal. Es que a los hombres les das mucho miedo.

Y yo me planteo por qué. Si es que acaso me he convertido en un orco o me zampo cabezas sin pensarlo dos veces. Creo que todo lo contrario, publicar me ha hecho más humana y accesible. En un directo de Instagram un desconocido me piropea: «Tienes una voz dulce y una cara hermosa», mientras yo hablo con voz de Sabina, fumo un piti en pijama y tomo el primer café. Le doy las gracias con un interrogante, porque no soy muy dulce ni, en fin, a primera hora, hermosa. Pero gracias.

—¿Y eso?

—Hombre, digamos que eres muy… tocha.

Muy «tocha».

En otra ocasión: yo me abstraigo y escucho a mis amigas hablar. Estamos en un grupo mixto y los chicos callan mientras ellas –que son ELLAS para mí por estos motivos, entre otros- cuentan sin pelos en la lengua lo que hacen con sus lenguas, lo que les hacen con las lenguas. Nos reímos, bromeamos, pasamos a otro tema, sin pudores. Esta generación está cambiando. Los chicos ya no son los únicos que quieren follar, qué va. A veces no quieren. Por ejemplo, los fumetas suelen ser bastante asexuales. ¿Eso pasaba antes? Conozco varios casos de mujeres que se quejan de la falta de sexo con sus parejas. ¿Eso ocurría hace un par de décadas?

Pienso que mis amigas son muy tochas también.

«Tocha», aquí, significa ser plenamente gestora del propio cuerpo, de la propia intelectualidad y, si nos apuramos, de la propia alma. Una mujer muy «tocha» da miedo a los hombres porque amenaza con revolucionar las jerarquías de su existencia. Ergo, robarles la virilidad.

Una señora de mediana edad me conmina no hace mucho:

—Hay que ver, con lo lista y mona y graciosa que tú eres, no sé qué andas buscando. Deberías conformarte de una vez y ser feliz.

No sé quién le dijo que yo no era feliz. Y qué tiene que ver si soy lista o tonta o mona o mono o graciosa o soporífera. Era un mandato implícito: como mujer, tienes suficientes virtudes para triunfar en el sistema en una posición más pasiva. Deja de intentar hacer tu propio camino, de armar revuelo. Déjate la lengua dentro de la boca, con los pelos. No incomodes y te irá bien. Conseguirás un buen marido, no cabrear a los jefes, una hipoteca y el pack completo de la Ruleta de la Fortuna.

A mí, para qué negarlo, todo este tema me pone triste. Hubo una etapa en la que me planteé seriamente que la Woolf tenía razón: «El primer deber de una mujer escritora es matar al ángel del hogar». ¿Tenía –tengo- que renunciar a una pareja si quiero realizarme completamente en cada esfera de mi vida? ¿Tenía –tengo- que dejar de lado mi capacidad crítica, mis ganas de mejorar el mundo, de denunciarlo, de incitar a la reflexión? ¿Tenía –tengo- que elegir entre mi cuerpo y mi mente, como si uno anulara al otro?

Miro a mis amigas y pienso que para ellos es cuestión de proporción, para que no sea más de lo que puedan tolerar. Una intelectual tiene que ser una rata de biblioteca disociada de su cuerpo. Por el contrario, una mujer atractiva se reduce al objeto de deseo, cero neuronas. Encontrar un combo de ambas, en la medida que sea, supone automáticamente eso. Miedo. Con esto no quiero decir que mis amigas y yo seamos parte del elenco de Miss Universo ni de las nominadas al Nobel de Física. Hablo más bien de gente que se siente cómoda con lo que tiene en la cabeza y con sus cachas. Para muchos, dar con una mujer a quien quieran echar un polvo, hacer el amor y además tener una conversación seria y trascendental es –en la práctica, empirismo puro- inasumible. Qué raro, ¿no? Las mujeres no tenemos miedo de conocer a alguien que nos supere. Es más, nos supone un estímulo. Me dice una, tomando una cerveza:

—Yo tengo citas Tinder y siempre lo paso genial. Pero vuelvo a casa y me planteo si me lo he pasado bien por ellos o por mí. Me refiero a que, si me callo, me aburro como una ostra.

Pues eso. Hallar un hombre que fomente nuestra curiosidad y que nos induzca a la reflexión es un incentivo potente. En cambio, parece que las «tochas» estamos condenadas a forzar una voz dulce y una cara hermosa para apaciguar los ánimos y reducir el nerviosismo de la mayoría de hombres.

¿Nos hemos planteado, a estas alturas, que el feminismo no solo deconstruye y construye para las mujeres, sino que también alivia la carga de los hombres? ¿No sería maravilloso que de vez en cuando ellos pudieran soltar el timón y enriquecerse con las vivencias de una mujer sin medirse con ella?

Si como mujer quieres hablar y escribir y mostrarte sin pelos en la lengua, viene implícita una renuncia potencial a un amplio espectro del mercado masculino. ¿Tiene eso algún puto sentido?

Perdón. Que si se me escapan las palabrotas pierdo posibilidades. Sonrisa profident y buena cara, pues. A ver si nos toca el premio gordo en la Ruleta de la Fortuna.

A mis amiguis

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