‘Feliz día’- Ensayo

Esta mañana, nada más levantarme, no se oía nada. No sé por qué me dan ganas de llorar simplemente con escribir esto. Llevo así unos cuantos meses. No se oía nada y la luz entraba por la rendija de la persiana, en el poco espacio que había. El ventilador giraba sereno, sin cortar cabezas. Una brisa limpia y fresca. Mi pijama de diva colocado sobre los pechos, ninguna teta fuera. La coleta bien hecha todavía. Las contracturas dolían menos. El morado gigante se estaba matizando.

Todo en orden.

Café. Ni siquiera cigarro. ¿Qué pasa? Todo en orden. ¿Qué me pasa? Quiero llorar, lloro un poco, un par de lágrimas, luego paro. Así continuamente. Lloro por muchas cosas. Porque recuerdo cómo se cogía los antebrazos por la calle, en la espalda. Sus charlas soporíferas y su mancha en la frente. Porque se le ponen los ojos vidriosos cada vez que digo algo del tema. Porque no puedo ver eso. Cuando le hablo del perro que se pegaba tanto contra la verja que se hacía daño. Solo para que alguien le tocara. Y también por cómo nos tocamos. Cómo nos buscamos la mano y entrelazamos los dedos y le besé el brazo al dormir. Yo nunca hago eso. Ya nunca hago eso. Y lo hice. Porque son siempre las mejores y nunca estoy sola. Y ellos son tan fantásticos que no existen malas personas en el mundo. Lloro a veces porque he perdido la fe y tantas otras cosas por el camino, por lo que no me atrevo, por lo que consigo, por la lucha, por el baile. Por el cansancio y por el agradecimiento.

Entonces, decía, café. Agarro una taza al azar. La taza dice –en mayúscula todo, no lo escribiré así porque me agrede-:

CÓMO TENER UN BUEN DÍA

(Y una lista):

organizaunplandefindepaseadespuésdetrabajarhazesacosaquetantopalotedahaceryquítateladeenmedioséamabledalasgraciasysonríeplántaleunbesazoaalguienmajopégateunbailoteoporundíanoseascascarrabiasdatealgúnhomenajedaleesoquetantosemerecehoyladuchaquedurecincominutosmásnodejesquenadaninadietepongahoydemalalecheestudía

No sé cómo ha llegado esta taza a nuestro estante.

Salgo hacia Starbucks para trabajar. Llamo «trabajar» a cualquier cosa. Lloro un par de veces más. Estoy escuchando una canción en bucle que me hace llorar. La tengo en modo repetición en Spotify. Los ojos chiquiticos, llenos de arena, las pestañas transparentes. Un señor que vende ONCE me mira en pleno puchero. Me corta un poco. No está ciego.

Segundo café. Pido un Latte mediano carísimo con hielo. No puedo permitírmelo, pero estoy llorando bastante y debo permitírmelo. En el plástico está escrito:

ANDREA

(Y luego):

FELIZ DÍA

No sé si este mensaje es para todas. Para todos. Siempre me lo escribe. También sonríe cuando le pago el Latte. Solo visito Starbucks cuando estoy muy triste. El día que lloré tanto, por ejemplo, porque se fue y no llegué a tiempo. Él me desea un feliz día. Lo mismo no es solo a mí, por los ojos llorosos. Lo mismo es a todas. A todos.

Pero me gusta pensar que es para mí. Solo. Que me ve. Que no es ciego. Que no estamos ciegos.

Supongo que esa es la diferencia entre Mr. Wonderful y Starbucks. Que detrás del mostrador hay personas.

Por eso siempre me cuesta tirar el vaso de plástico vacío cuando acabo de bebérmelo. Me gusta pensar que un Latte puede hacer que pase un buen día, uno de verdad. Aunque sea lleno de arena en los ojos.

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