‘A mi bello durmiente’- Lofletter #4

Hola, cariño.

Tú ahora estás tumbado en el sofá durmiendo la siesta. Me encanta verte dormir. Te haces un ovillo, con todo lo grande que eres, y pareces un feto. Tienes la cara de nuestro hijo. Si no fuera por las canas y por las entradas, ya sabes. Sois iguales. A veces lo miro tanto rato solo por verte a ti, cuando estás lejos. Cuando estás trabajando, o cuando dices que estás trabajando, al menos.

Te escribo esta carta que nunca te enviaré porque no tengo agallas para ello.

Es que ayer, en el supermercado, se me acercó una señora. Era una chica, más bien una chica. Una chiquilla. Una puta niñata, vaya. Perdona. No me quiero alterar. Tengo que echarle un ojo al pequeñín y no me apetece perturbarlo. No creo que sea buena idea llorar delante de un hijo. A mí no me gustaba ver a mi madre llorar, en cualquier caso.

Esta chica, llamémosle chica, me preguntó si era tu mujer. Sonreí, orgullosa: el catedrático más joven de la universidad. Sería tu alumna, imagino. Sí, soy yo. La misma.

—Pues tu marido te engaña.

Eso me dijo la chica. Ni siquiera me dijo «tu marido te pone los cuernos», o «tu marido te es infiel». Me dijo «pues tu marido te engaña». Así, a bocajarro. Es mucho peor, estarás de acuerdo. Porque no hablaba de follar y punto. No me estaba contando que te llevas a las chiquillas -a las putas niñatas, con perdón- a un hotel cutre y que yo finjo luego no ver los extractos en la cuenta bancaria. No me estaba revelando nada sobre seminarios fantasma o sobre llamadas de teléfono eternas con «Perico». Perico nunca te llamaba antes, desde que nació el peque te llama muy a menudo. A ti no te gustaba hablar por teléfono, ahora te pirra. Y giras la pantalla cuando yo hago amago de mirar por encima de tu hombro.

Nunca te he cogido el teléfono a escondidas, pero sé lo que haces. Lo sé muy bien.

Si no te digo nada no es porque no tenga dignidad. Es simplemente porque me encanta mirarte mientras estás ahí, en posición fetal, en nuestro sofá. Nos lo regaló mi madre por la boda. Tiene ya unos años, pero cada vez me gusta más. Me encanta que tú lo ocupes. No me imagino ese sofá sin ti. No me apetece mirar a nuestro hijo y ver tu ausencia.

Por eso no te digo nada. De los hoteles. Por eso no me quejo cuando me da una ligera ola de repulsión si buscas en mi ropa interior a deshoras y, sin que pueda evitarlo, resuenan estas preguntas en mi mente. Con quién, dónde, qué. Sobre todo qué. Qué habrás hecho.

No quiero imaginarlo. Normalmente me sale bien y lo separo: el amor, el ocio. Llamémosle ocio. Ocio con chicas. Lo separo en mi cabeza e intento pensar que una cosa es tu vida familiar, los lazos de verdad, las uniones eternas, y otro el pasatiempo asqueroso que te has buscado sin decírmelo.

Pero es que esta vez, cariño, esta vez me han dicho otra cosa. «Pues tu marido te engaña».

¿Me engañas?

¿Soy igual que las demás? ¿Otra fulanita con la que pasar el rato? ¿Una que, por casualidad, acabó con un anillo en el dedo y con un bombo en la tripa, y que ahora ha perdido sex appeal?

¿Fueron solo las circunstancias las que nos unieron, jóvenes e inexpertos? ¿Podrías estar así de tranquilo en el sofá de cualquier otra suegra?

Estas cosas me planteo mientras vigilo que nuestro peque termine los deberes, cariño. Te observo, escucho el ronquido leve, miro el casco de pelo castaño del niño, bien cerca sobre el cuaderno de ejercicios; le conmino a que separe la vista para que no padezca miopía o astigmatismo prematuro, alguna de esas cosas que les pasan a los críos cuando son muy aplicados. Nuestro hijo es listo. Como tú. Yo debo ser la tonta. La tonta que se deja engañar.

¿Me engañas, cariño?

¿Sabes qué?

Haría las maletas ahora mismo y abandonaría nuestra casa, para que te despertaras sin tu familia. Sin mí, sin el niño. Cariño, pagaría por asistir a tu gesto de estupor al encontrarte más solo que la una. Aunque así te ahorrarías la factura del burdel de turno. Podrías usar este mismo sofá. Quién sabe si no lo has hecho ya.

Me iría de aquí, de la ciudad, del país, del continente, del planeta. Te dejaría.

Lo haría, te lo juro.

Si pudiera abandonarte ahí, como un feto no-nato, lo haría.

Pero estás vivo y te amo. Yo no mentí cuando me pusiste el anillo en el dedo y cuando me hiciste un bombo sin querer, en la pausa de los anticonceptivos. No te he mentido ni un solo día. Cuando has estado insoportable, cuando empezó a caérsete el pelo, cuando dejaste de comer gluten, cuando la barriguita, cuando se murió tu padre. Nunca. Nunca te he mentido. Te he amado y lo sigo haciendo. Y lo haré hasta que me muera. O hasta que me mates, cariño.

Porque no me has puesto un dedo encima, jamás. Pero lo que tú haces es pegarme el alma. Qué feo suena, y qué extraño. Tú me engañas. Tú no me pones los cuernos, tú me engañas.

¿Tú me engañas?

Ahora tengo que dejarte porque estás despertando, estiras las piernas y los brazos y bostezas sonoramente. Te daré el beso de rigor, te llevaré la onza de chocolate post-siesta y te prepararé el café amargo. Como a ti te gusta, cariño.

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