Confesiones- X

«Nos queremos mal y luego nos morimos».

Prácticamente esto es todo. Esta era la banda sonora de mi cerebro en el último mes. Nos queremos mal. Luego nos morimos. Y.

Pensando estas cosas pasa otra: todo flota. Los nombres se despegan lento de las cabezas, los sustantivos se mezclan en el aire. No es agradable. No es un carpe diem, no es un amor post mortem, no es un vita flumen. De pronto, no encajaba en ningún tópico. La sensación era nueva, era fea, y además nadie la había conseguido pillar. Por mucho que buscara en libros, nada. Ni rastro.

Así que decidí hallar mi propio camino. Es algo que hago a menudo. No lo puedo evitar. Cuando escribo esta frase me emociono y sonrío. Es bueno dar este tipo de datos. Cuentan la verdad.

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Mi camino consiste en eso: la verdad.

Querer mejor.

Querer bien.

Querer con la verdad.

Y.

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La viuda y yo: horas, horas, horas. Tocarle la herida sin hurgar. Dormir con Puenteviejo. A todo volumen. En su sofá. Despertar a lunares de mosquitos.

Ella y yo. La tarta de queso seca, los granizados de limón, las visitas al médico. Su jardín. Los tablones blancos vacíos. El pintor tiene que pasar a darle una capa a las sillas.

No estamos contentas, pero nos reímos. Y también lloramos. Juntas.

Por eso yo le preparo tarta de queso seca, le compro granizados de limón, la acompaño al médico. No sé qué más hacer. Pero quizá es suficiente cuando me voy y dice, te vamos a echar de menos. Y se queja cuando vuelvo: has tardado mucho.

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Nos queremos mal y solo contamos lo malo. Lo bueno es difícil de contar. Me han dado ganas de borrar todo. No lo he hecho. Mi camino, la verdad. Lloro y lo cuento. La vida es bonita también.

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Escribí una carta y la envié como se envían ahora todas las cartas: en pdf por WhatsApp. La mandé porque la escribí llorando y supe que era verdad. Después de unos días dejé de esperar respuesta. Pero nació una paz nueva, desconocida, en mi pecho.

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Llamémosles X, Y y Z.

Digamos que X tiene rayos X en los ojos para mirarme por dentro. Que me gusta verla dormir, despertarse aturdida, tomar café, recelar de mis pronósticos astrales, bailar batukada, romperle la punta a los dardos, fallar siempre y acertar siempre, que esté entre el público, que esté a mi lado, que esté enfrente, que se tiña con mi color, que me tiña con el suyo, que cante en el coche sin aire a pleno pulmón, que sueñe, que tenga los pies en la tierra, que no me mate por pesada.

Digamos que Y ha seguido con su vida. Y… y se ha deshecho del lastre. Está en ello. Digamos que somos algo más que el legado, pero también. Y. Digamos que siempre estamos pero ahora de otra manera. Digamos que sé qué canción reggaetonera le pone cachonda desde 2007 pero también que se montaría un trío con los protas de una peli de Disney. Digamos que se tatúa las cosas que le gustan. A mí también me gusta ella.

Digamos que Z es un misterio que se abre con las horas. Que cuando jugamos al conejo de la suerte para hacer tiempo sentadas en la calle, ella no besa normal, ella mete la lengua porque hay que hacerlo bien. Digamos que X, Y y yo la ayudamos a subirse a una colchoneta porque lo intentó tres veces y se cayó todas ellas. Y cuando lo consiguió por fin se rio tan fuerte que me quedé maravillada. Y me atrevo a decir que es preciosa, más por dentro que por fuera.

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Digamos que las ecuaciones se resuelven así.

X, Y, Z.

Tartas de queso. Granizados de limón. Para tapar boquetes.

Cartas que se escriben aunque no se respondan.

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Digamos que no hay receta contra la muerte. Pero suena menos seria cuando bebemos a 40 grados como en Tijuana y X dice que el plan óptimo sería acabar en el hospital. Para tener aire acondicionado y conocer a los residentes.

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Y entonces, no me olvido, ¿eh? Entonces suena la canción. La he elegido yo, acabo de recordarla. De verdad que no me acordaba de su existencia. Puede que por eso me saliera seca la tarta de queso.

Conforme suena algo se rompe, porque estamos nosotros, y no en mi cabeza sino en mi pecho. Éramos eso. Vuelvo a sentirlo. No es algo definido, es un color, un olor, un sabor. Un rastro, una idea, una realidad.

Lloro, ah, lloro más. Lloro como si me hubiera abrazado, de esa misma forma pero mejor. Igual que el sexo a distancia, que cuando es de verdad lo sientes en la carne y no lo puedes explicar. Igual que todas las cosas que no puedes explicar: así es la verdad.

Y parece que después de todo, nos quisimos.

A veces nos queremos mal porque no sabemos hacerlo mejor.

Pero a mí me han querido. Joder si me han querido. A mí me han sostenido noche y día. Una vez, alguien se imaginó muriendo a mi lado.

Me cuesta pensar en algo más importante que eso.

Y yo también lo quería. Eso.

Ya no lo queremos, ninguno. Está bien que haya existido. Que hayamos existido. Ya no pesa. Ya no raspa. Esta música es un bálsamo que no podría haber narrado. Nunca conseguiré escribir una carta que hable suficiente del color, del olor, del sabor. De la forma, del fondo. Esas cosas se viven por dentro.

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Yo que voy al baño del restaurante y le pego un puñetazo a la puerta y me vuelve la cordura antes de chillar. Con la mano cerrada, con todos los anillos. Yo que me miro en el espejo. No me gusta esa cara. El antes.

Yo que floto en la colchoneta que queda, la rosa, donde Z consiguió flotar. Las palabras ya no flotan: se han posado, cada una, en su sitio. Pueden esperar, pueden no atropellarse entre sí. El ahora.

La muerte sigue siendo la muerte pero he dejado de entenderla. De intentar entenderla. He dejado de pensar en ella. He empezado a vivirla. Sin tópicos. A mi manera.

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Quizá, después de todo, nos queramos, bien o mal, o como cada quien sea, pueda, sepa y quiera, y luego nos muramos.

Puede que por el camino, el de cada uno, haya un montón de milagros.

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