‘Todos somos machistas’- eldiario.es julio 2019

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Eso me dijo el tío, con toda su cara dura.

—Yo soy machista.

No me cuadraba. Es uno de los jóvenes más inteligentes, liberales y molones que conozco. Por eso mismo me contuve la retahíla de argumentos a las puertas de la boca. Lo escruté con curiosidad. Dio un trago a la cerveza, tragó y siguió hablando.

—Lucho cada día por no serlo, pero tengo que corregirme todo el tiempo. Somos machistas.

Pues sí, sí señor. A partir de entonces desconfío de los que aseguran con vehemencia no serlo. Somos machistas. Él, yo. Tú. Nosotros, vosotros, ellos.

¿Por qué?

Porque hemos crecido en una sociedad machista. Es como nacer en Murcia y negar que eres sureño. Eso no funciona así.

La revolución será feminista o no será. Es uno de los grandes temas de nuestro siglo, por no decir el principal. Se empezó a reivindicar con timidez combativa el siglo pasado: derechos iguales para todos, mujeres, homosexuales, negros. Uso esta última palabra, por cierto, porque no la considero un insulto. Es igual de desajustada que «blanco». Si no, observen los colores que usan los niños al pintar seres humanos: color carne, o sea, rosa pálido, y marrón. Y hay infinitas variedades de tonos, tantas como pieles. Es muy reduccionista, pero en fin. Prosigo.

El siglo pasado comenzaron –ellos- a limpiar en serio las suciedades de una sociedad milenaria, a ajustar los términos con precisión, Y ahora nos toca a nosotros.

Por eso el feminismo -igual que el resto de movimientos recientes- es clave, porque no es nuestro. Ni era de ellas. Lo tenemos que conquistar.

Y no a base de manifestaciones, no solo saliendo a la calle a reivindicar una idea primigenia, un óvulo apenas de información relevante y potencialmente transformadora; sino dejando que cale como un mensaje de información completa en las microacciones del día a día.

Un Pepito Grillo feminista o un angelito en el hombro. Así funciona el feminismo.

El feminismo es esa voz que te protege y te guía, que te mueve y que te abre la boca o te la cierra, que te obliga a seguir caminando en la oscuridad con la cabeza bien alta y la falda muy corta, parafraseando a Sabina. Es esa patada en el pompis que ya no te deja indiferente. Es ese algo que ha cambiado.

Por ejemplo, cuando los chicos decían «esa es una guarra», nosotras nos quedábamos calladas rezando por que no hablaran de nosotras. Si comentaban lo que la susodicha hacía o dejaba de hacer, el resto intentábamos que no nos metieran en el mismo saco.

Nuestra vida sexual era un combate entre el disfrute y la opinión del otro, y de sus colegas, si todo se torcía. Un intento continuo por apagar la cabeza hiperactiva y analítica propia de las féminas y abandonarse al placer que nuestros genitales tenían guardado para nosotros.

Antes era un pasar los tampax de tapadillo a las amigas, bajo mano, como si de droga se tratase. Era un ofenderse si nos preguntaban si estábamos con la regla, por el mal humor. Antes, un pensar que éramos débiles por encontrarnos mal físicamente unos días al mes, padeciendo unos síntomas cíclicos que los hombres no tenían por qué soportar.

Hace no tanto, y todavía la presión, era la necesidad de tener novio estable, de conseguir una proposición de matrimonio digna; y según las últimas tendencias, conseguir trabajo para empoderarse, sin descuidar la salud y la estética. Llevar a los nenes al cole para no pagar psicólogo por carencia de madre, oficina más de ocho horas, gimnasio, tener la casa perfecta por si llega la suegra y hace revisión, o lo que es peor, la propia madre. Acordarse de las citas con el dentista de la familia entera, de recoger las americanas de la tintorería. Encontrar huecos para sonreír. Para hacer el amor y que el marido de turno no nos castigue yéndose con otra, para ahorrar los honorarios de abogados en la disolución de gananciales y del –otra vez- psicólogo, para reparar los traumas.

Cuánto peso, ¿no? Qué innecesario.

Es que llevamos miles de años atentando en nuestra contra, aceptando el machismo y reproduciéndolo. Fíjense ustedes en las abuelas, cuánto han cambiado respecto a las niñas de ahora. Cómo siguen sirviendo y dando por hecho que es lo adecuado. Pero también, observen cómo les reverbera en el pecho un débil espíritu de lucha que es inaudito. Cómo aconsejan a las nietas que estudien y sean independientes. Que no se echen novio tan rápido.

Miren ustedes cómo gana terreno el feminismo.

Que ahora en los baños de las discotecas todas somos hermanas. Que las novias de los ex son aliadas, no rivales, y esperamos que no sufran los defectos que ya conocimos. Que si uno, o varios, se pasan de la raya, salimos todas en manada a comérnoslos vivos.

Somos machistas. Pero cada comentario, cada paso, cada hecho, estamos más cerca de lo contrario.

El feminismo primigenio pertenecía a las mujeres por derecho propio. Igual que la defensa de los homosexuales, a los homosexuales. Igual que el abolicionista de la esclavitud, en pro de los derechos de los negros, a los negros. Nos merecíamos llamarnos «hermanas», y ellos «maricones» entre sí, y los otros entre sí «nigga». La gente que no entiende que hay que hacer piña y usar el descalificativo usual para hacer fuerza, tampoco comprende los mecanismos para convertir la vergüenza en orgullo.

Es la vergüenza lo que hace que un colectivo prime sobre otro. Las cabezas gachas de los judíos pesaban incluso más que los fusiles de los nazis. Aunque a nadie se le ocurre minusvalorar los elementos de tortura, múltiples, variados en su crueldad, de los capos. Nadie tiene por qué exigir héroes por doquier que sacrifiquen su vida por una causa, aunque sea la suya. Y aun así, los ha habido. Tantos como las formas de tortura, al menos.

Por suerte, en nuestra parcela de mundo ya no tenemos que llegar a ese extremo para procurar un mundo más justo. Pero recordemos que en otras partes siguen mutilándose clítoris y concertándose matrimonios de menores de edad.

Se sigue violando y abusando en todas partes. En nuestro país vamos por más de un millar de víctimas de violencia de género este año.

Y aunque el clima de la nueva era se respira en casi cualquier lugar –aquellos donde llegan las bondades de la globalización-, somos machistas aquí, ahora, cada vez que agachamos la cabeza y nos acoplamos a un rol de género.

Conviene tenerlo presente. Pero para eso ya tenemos al Pepito Grillo.

Ups. A la Pepita Grilla.

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