Confesiones- VIII

 

Es raro, porque es como si su mirada se hubiera instalado en la mía.

Desde que se fue, miro alrededor dos veces. O una muy intensa.

Existen los edificios, con sus colores anaranjados, de la gama otoñal, bajos, casi comunistas, sin gracia. Los letreros de las tiendas, desfasados de una moda que nunca estuvo de moda. Las hojas de naranjos salpicadas, como ramos ofrecidos tras el tronco quebradizo, la mano que los empuña siempre invisible. El cielo, azul todo el rato, a veces rosa, a veces incluso fosforito, como si alguien estuviese tomando apuntes en el cielo.

¿Dónde estás?

¿Estás en el cielo?

x

 

Quise sacar lo bueno. Empoderarme, como dicen ahora, aunque ya no tenga el pelo rojo. Reclamé facturas, puse los puntos sobre las íes, saqué trabajo adelante como una hija de puta, sin pensar, café, dolor de cabeza, café, más café, un cigarro, agua, agua, siempre sed, más agua, más café. Pensé, si no me pagan, meteré monitorios. Media hora tardo en meter un monitorio y directo a los juzgados. Qué coño se han creído. Que se pueden reír de mí. Todos cagándome la cara. Esto qué cojones es. Venga, más trabajo, más café, más cigarros. Más agua.

x

No sé por qué paré. Debió ser al ver el fuego ficticio quemando los libros en la exposición. El pueblo está al lado de la ciudad, en realidad, pero es como retroceder otro medio siglo. Fuimos al mercado de gitanos y compré compulsivamente: chanclas de flores rojas que cuando andas con ellas parece que respiran, porque sale aire de la suela, un bañador rosa con flores también, venga flores, de niña pequeña, un tanga para la playa que seguramente jamás me pondré porque no me hace falta, mi culo se zampa las braguitas a lo Beyoncé, unas gafas de sol con estampado de leopardo.

—Qué fantasía de gafas. P, déjame dinero, luego te pago la comida.

La gitana me sonrió. Sus gafas eran una fantasía.

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Para la hora de la comida tenía ganas de vomitar. Lloré, me forcé a llorar diciendo cosas que no sabía que pensaba. Me pinchaban el pecho. Comí un sándwich mixto, que es lo único que me acepta el estómago. Fui a pagar con tarjeta, me había quedado sin metálico. Mientras nadie me hacía ni puto caso, un señor mayor -un puto viejo- le comentó a otro señor mayor -otro puto viejo-:

—No está mal la chiquilla, ¿no? Tiene la cara bonica.

Y el otro se giró y me repasó descaradamente la puta cara, a cincuenta centímetros de distancia. Yo miré las colas de los caballitos, las servilletas arrugadas, manchadas de aceite, del suelo. Me pregunté, con las ganas de potar, qué tipo de demanda podría meterles a estos. O qué tipo de sopapo, o yo qué sé.

Ojalá en los mercados de gitanos vendieran limpiaparabrisas para quitarse la mierda de la cara. Porque a mí no paran de cagarme la cara. Todo el santo día.

x

Y tú, ¿dónde coño estás?

¿Por qué coño te has ido?

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Las callecitas del pueblo, qué bien. La chica de la oficina de turismo nos habló a cincuenta centímetros y le olía el aliento a chorizo. No hay nada que me dé más asco en el mundo entero. Me parecía ridículo ir con un mapa por un pueblo a treinta kilómetros de la ciudad, pero mira, chica. P quiso hacerlo.

Los niños se asomaban por las ventanas de las casas.

Las ventanas de las casas estaban a ras de suelo.

Los niños no tenían televisión ni Play Station. Ni libros.

Los niños siguen mirando a la calle para divertirse, medio en cueros.

Los niños y los ancianos, en los pueblos, se parecen mucho.

En los pueblos nunca pasa nada.

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No vomité, me aguanté el sándwich dentro y lo hice, joder, conseguí llegar a la playa. Conduje yo, aunque quizá debería haberlo hecho P, porque me zampé un bordillo con el guardabarros, o como se llame. Nos asustamos mucho, yo menos, P más, pero al coche no le pasó nada. En mi familia no somos tiquismiquis con los coches. A mí, particularmente, me gusta estrellarme contra objetos estáticos, como columnas de garaje u otros coches aparcados. Cuando están en movimiento, soy la hostia de rápida. Tengo unos reflejos cojonudos.

Si están quietos, me relajo y me estrello.

Aparco con la técnica del «toquecito». Me la enseñó mi madre. Consiste en ir ajustando distancias -cincuenta centímetros aquí, cincuenta allá- hasta que le das un «toquecito» al coche de detrás, y luego le das otro al de delante.

Aparcao.

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En la arena me hice un ovillo.

No quería café, ni cigarros, ni arena, ni mar, ni música, ni prosa, ni verso, ni Instagram, ni teléfono, ni boli, ni cuaderno, ni hostias.

Qué hacer.

Dónde estás. En ninguna parte.

Me puse bocabajo y me tapé la cara con el brazo.

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Luego me forcé a escribir. Venga, escribe. Joder. Puta. Coño. Escribe, es lo único que te salva. Ya lo sabes. Te dejas notitas con eso continuamente: escribe, escribe, escribe. Escribes por todos sitios que lo que te salva es escribir. Pues escribe, joder. Puta. Coño.

Escribí y todo volvió a su sitio. Me fui a la orilla a dejar que el agua del mar me remojara el coño, puta, joder, y me puse a hacer un castillo absurdo. Era semicircular, como una cabeza. El agua venía y se lo llevaba. Yo rescataba más arena húmeda, lo recomponía, se agrietaba, lo recomponía. Ahora tenía una cabeza y un lago. Cuando se me hinchó el coño, puta, joder, de estar reparándolo sin parar, respiré hondo y me preparé para dejarlo ir.

Y entonces vino una ola.

Y se lo llevó.

Y luego vino otra.

Y lo terminó de limpiar.

Y solo quedó ahí un solar.

Ni siquiera el rastro. Un solar. Un recuerdo. El mío. Mi recuerdo.

Y eso me terminó de calmar.

Me dejó catatónica. Y así estoy, descansando. Sigo cansada. Estoy muy cansada. Y ya está. Ya he escrito, aunque no tengo nada que decir. La gente está preocupada de lo callada que estoy. Nunca me he callado tanto rato seguido. Pero he escrito.

¿Vale? ¿Contenta?

¿Contento?

¿Alguien?

1 Comment

  1. Impresionante crónica de una situación conflictiva, pertubadora y quizás excéntrica, pero muy válida para leerla de principio a fin. La leí tres veces: la primera fue aislado del mundo y centrado en lo descrito, la segunda imaginando el escenario con los rostros y la compleja descripción, la tercera la irresistible seducción de una buena historia. Atte: @Zavala_Ra

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