A nuestro abuelo Pepe: Hasta siempre, para siempre

Volverás a mi huerto y a mi higuera

por los altos andamios de mis flores

Elegía a Ramón Sijé
Miguel Hernández

 

Pepe.

José Tovar. El cuarto de seis generaciones. El hijo, el hermano, el estudiante. El novio. El esposo. El abogado. El compañero. El padre, el suegro, el abuelo, el bisabuelo. El poeta.

¿Cuántos Pepes, cuántos Joses, habrás sido?

 

Parece imposible hablar en nombre de cada uno de nosotros, de cada una de tus facetas. Resumirte en apenas un folio. Pero podemos intentar que te lleguen limpias y claras estas palabras que queremos desesperadamente dedicarte, justo hoy. Nos hemos disputado mucho quién las leía, porque todas las voces se quebrarían sin remedio, pero te mereces escucharlas.

 

Las palabras nos han unido a nosotros, esta familia ramificada tan fecunda y florida. Pero aún más nos unen estas lágrimas y estas sonrisas que se nos escapan cada vez que pensamos o hablamos de ti.

Tú nos las has ofrecido. Nos has dejado un poemario ampliado hasta el infinito, ilustrado por tu propia sangre, y una biografía colorida que se guía desde la memoria infalible del sentimiento.

 

Has sido muchas cosas. Has sido ese detalle límpido hacia lo que te rodeaba, fuera una higuera o un paisaje, un Fidel Castro o un Franco, una bandera española, una cartilla de notas, un profesor intachable.

Has sido crucigrama, has contenido todas las letras en tu cabeza prodigiosa. Has sido demanda dictada. Has sido sonrisa sorprendida y has sido batallita, mucha batallita. Has sido tu pleito de la Coca-cola, tus cuentos de miel, has sido tu árbol de jazmines, has sido huerta y barco y has sido marisco.

Nunca ha existido una persona que comiera con más deleite que tú. Primero los trozos de embutido robado al amanecer, cuando los demás dormían, luego las delicias que tu mujer preparaba. Las cabezas de langostino fresco.

 

Te hemos visto disfrutar hasta el final, Pepe. Estamos tranquilos por eso. Has vivido una plenitud desbordante hasta los noventa y uno. Nos habría gustado estirarte hasta los ciento uno, hasta los ciento once, hasta los ciento veintiuno.

Decimos esas cosas sobre la ley de vida y nos las creemos, y sabemos que tenemos que sentirnos agradecidos, y lo estamos. A fin de cuentas, cada uno de nosotros te debe lo que somos. Aquellos que te han visto día a día, con tu pedaleo enérgico en bicicleta y andando el tiempo más lento, pero aún seguro, en el camino hacia el despacho. Los que te han padecido con tus llamadas intempestivas a la compañía telefónica, los recados a Loli por teléfono aunque la tuvieras a tres metros. Con tu cuadro de la casa donde naciste a las espaldas.

 

Si hay alguien que ha llevado sus raíces como estandarte y las ha prolongado hacia la cima, has sido tú. No podemos hablar de tu legado. Tu legado eres tú, extendido en tantas personas. Tú no te vas, porque seguimos nosotros. Con tu apellido, con tu orgullo. Y no es algo que se diga por decir. Es la verdad pura y dura.

 

Cada vez que escribamos, saldrán sonetos. Nos has dejado claro que es la forma más pura de poesía, y nadie se atrevería a considerar otra métrica que no fuera esa. Tu mundo era tuyo, pero ahora es nuestro también. Gracias.

 

Gracias por haber sido ejemplo eterno de tenacidad, de constancia, de pasión, de convicción, de apoyo. Por habernos enseñado lo que significan los lazos de sangre. Por haber dejado una bolsa de guisantes para devorar en los escalones de tu casa de verano, la puerta abierta para quien quisiera pasar.

Y gracias, no solo por quien has sido durante casi un siglo, sino también estos meses de enfermedad. Has asido manos para seguir bien fijo a la tierra. Has buscado sin cesar el tacto de Sole: en cuanto se te alejaba un poco, para agarrar una taza de té siquiera, la reclamabas. Has escuchado, sereno, a cuantos han pasado a visitarte. Ojalá que hayas emprendido este viaje en la calma y la ternura que nos has dado conforme ibas apagándote.

 

Todos firmaríamos tu vida. Sabemos que no elegirías otra. Que volverías a andar, pasito a pasito, cada una de las fases que has protagonizado.

Y en tu nombre, y con tu apellido, firmaremos las nuestras. Y seguirás, para siempre, siendo parte de este mundo a través de ellas.

 

Así que esto no es un adiós. Es un hasta siempre, para siempre.

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