Confesiones- VII

Siete confesiones.

Siete eran los pecados capitales.

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El cura progresista llega con su misal bajo el brazo. Roza con las yemas una foto de su madre plastificada que le sirve de marcapáginas. La foto está en color, la madre podría ser la de cualquiera. Podría estar viva, quiero decir. Podría ser la hija del cura.

Los sacramentos, nunca recordaba ese. Era algo completamente ajeno. Y ha seguido siéndolo hasta ayer. Hasta esta semana.

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Los monjes budistas se quemaban a lo bonzo en señal de protesta para mostrar su renuncia a lo físico, su tolerancia al dolor. Estaban más allá del bien y del mal. No es que se la sudara todo, pero decían con su fuego, mira, chico, mira lo que hago.

Siempre me han parecido admirables, pero es que el otro día soñé una cosa.

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Había un chico. Era mi novio o algo de eso. La verdad es que me inventé su cara. Rubio de ojos azules, un angelito. No me gustan así normalmente, pero en fin. Era mi puto novio, el amor de mi vida y de mi muerte. Se tumbaba en el suelo y me sonreía cándidamente. Yo le sonreía cándidamente. Nos sonreíamos cándidamente. Entonces yo agarraba un bidón de gasolina como en las novelas medio malas de Stieg Larsson y lo bañaba entero. Y él dichoso, como si le estuviera derramando miel. Luego cogía carrerilla estilo atleta olímpica y en mi salto grandioso a cámara lenta prendía una cerilla.

Me refiero a que saltaba hacia él plena, con una lluvia de colorines de fondo, una kamikaze que iba a detonarse.

Pero era consciente, de pronto, en el aire, de que la primera afectada por la onda expansiva sería mi propia carne.

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Lo que me pareció injusto del sueño en cuestión es que siguió adelante. Suelen detenerse antes de estrellarse contra el suelo, en la caída, ¿no? Pues este no.

La siguiente sensación fue la de costillas aplastadas contra los pulmones oprimidos, la piel desollada, el músculo latiendo de sangre. En el suelo, el cráneo pegado al asfalto.

Miraba al lado, a mi ángel divino, y ahí no había nada. Ni siquiera sus restos, nada.

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¿Me había inventado a mi ángel?

¿Por qué yo seguía viva?

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Llamaba a una ambulancia, igual que hicieron el otro día. En el mundo real las ambulancias vienen, aunque no puedan hacer mucho. En el mundo onírico, las ambulancias no llegan: son furgones de gitanos que hacen palmas.

Así que caminaba por la ciudad inventada, igual que el novio inventado, y veía que las venas cauterizadas de la mano me salían de la piel. Ayer toqué las suyas con la punta de los dedos.

Pero estaba bien. Viva, quiero decir.

Ahora solo me atormentaba que nadie sabía que había intentado explotar con mi ángel. Tendría que vivir con esa carga para siempre. El tiempo que me aguantara el cuerpo después de aquello. Nadie se daba cuenta. Seguíamos la rutina, me decían, qué te ha pasado, y yo respondía, me caí. Lo que dicen las mujeres con el ojo morado. Claramente la gente no se cae. Solo se caen los ancianos, cuando les fallan las caderas. Por eso llaman a ambulancias que vienen y no pueden hacer mucho. Solo acompañar.

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Supongo que lo que me da pena es que llega un momento de la vida en que la muerte existe. Ya no puedes ignorarla o hacer como si nada.

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Supongo que lo que me da rabia de los monjes budistas que se queman a lo bonzo es que no llevan fotos plastificadas en ningún libro.

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