‘Un cuento Disney para VOXtantes’- eldiario.es mayo 2019

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Cuando Santiago Abascal salió a dar su discurso televisado justo después de que hubieran cotejado los últimos resultados de las elecciones, con sus 24 escaños conseguidos, mencionó la defensa de los valores de España –como si estos fueran unívocos, y en cualquier caso, suyos-. Yo abrí mucho la oreja para enterarme bien de qué estaba hablando. En ese catálogo incluía «la tauromaquia, la Semana Santa y el retorno a esa vida rural», idílica, del ubi sunt. A mí, personalmente, para conformar sus principios supremos, se me antojaron algo pobres y bastante populistas. Imaginemos que me planto -yo misma- frente al micrófono y digo, muy seria, que quiero defender «Youtube, Disney y… los ramos de flores silvestres».

Gracias a Dios y a la patria, en el programa electoral de Vox se completa la visión de conjunto que proponen. Tímidamente en algunos casos, sin explicitar las acciones que sugieren, y de manera bastante tajante cuando se trata, por ejemplo, del castigo penitenciario de los inmigrantes ilegales –con ellos pueden meterse porque total, ni Vox ni voto, ¿no?-. Este nuevo partido de extrema derecha hace una acérrima defensa de la «familia tradicional», y ya sabemos todos lo que eso significa. Igual que la voluntad de cargarse la ley de Violencia de Género para hacer equiparables a los hombres y las mujeres, más allá de los evidentes datos que ponen de relieve las consecuencias nefastas del abuso del superior poder físico de unos sobre otros.

En fin. Esto ya lo sabemos todos, como decía.

Y también nos habremos dado cuenta de que el discurso de Vox es lo más parecido que tenemos en democracia, con aires de legitimidad soberana bien plantada, a un modelo de pensamiento que se implantó en nuestro país durante muchos años, más por la fuerza que por las urnas. Suena a vuelta a la España cañí.

Hasta cierto punto se puede entender que este país no iba a ser una excepción en lo que a movimiento pendular de la sociedad respecta. A saber, que por definición, damos dos pasitos palante y uno patrás, como en el chachachá. La vida es un chachachá y fruto del baile surgen algunos Trump y algunas Le Pen. Por qué no un Abascal aquí. Tiene que haber de en la viña del Señor.

Es solo que se me vino a la cabeza, oyendo a Abascal arengando a las tropas, un cuento de Disney muy antiguo. O no tanto, no sé. Data de 1938. Recordemos que por aquel entonces aquí los nacionales avanzaban, imparables, hasta Barcelona, provocando el exilio de más de 400.000 personas. Otras tantas murieron, en total, durante los tres años de guerra. Poco después de que se estrenara el corto de Disney en cuestión, los franquistas conquistaron Madrid y cayeron las principales capitales de provincia. Hagamos más memoria: las últimas ciudades en capitular fueron Murcia y Cartagena. Qué paradójico que seamos la región donde más votos ha obtenido Vox en pleno 2019.

El toro Ferdinando, se llamaba el cuento. Es, creo, perfecto para los VOXtantes.

En él se narra la historia de un toro amanerado. Si no pertenecía al colectivo LGTBI+, por lo menos cuestionaba seriamente los roles de género. Allá a principios del siglo XX.

Breve resumen –aprovecho para decir que el cuento está disponible en Youtube, uno de los valores de mi partido político-: al contrario que el resto de sus amiguitos, que ansiaban ser toreados en las corridas de Madrid, Ferdinando solo quería oler las flores. Todo el día venga a oler flores, y venga y venga. Su mamá –que era una vaca- se lo permitía porque era muy comprensiva y porque, qué demonios, Ferdinando era su hijo y no le apetecía darse testarazos por doquier. Pues amén.

El día que llegaron los ojeadores, un abejorro picó a Ferdinando y él salió zumbando. Así, lo tildaron de «fiero y brutal», un toro como Dios manda, y lo escogieron a él para el gran honor. Y claro, ocurrió lo inevitable: en la plaza, por mucho que lo jaleara el torero, no consiguió más de Ferdinando que un buen lametón en el pecho donde llevaba tatuada, precisamente, una flor.

Esto se me viene a mí a la mente al escuchar a Abascal, como representante nacional de ese movimiento pendular clásico de toda sociedad. Palante, patrás. Chachachá y flores. Volver a una España cañí de toros donde la familia se componga de padre, madre, hijos; donde sea más sencillo que papá pegue a mamá, donde no haya espacio para la diversidad sexual, donde se pugne por una raza pura, levantando fronteras y reconquistando tierras.

Los habrá, claro –si existen los VOXtantes-, a los que les llegue de verdad este discurso a la vieja usanza. Tocar fibras sensibles o hacer aliados a partir de un enemigo es algo de dudoso gusto, pero muy efectivo. Ya estaba bien, ¿no? Con sus altibajos, estábamos gozando de demasiadas libertades y de una tendencia inclusiva, de una eliminación de barreras físicas a todos los niveles: personal, nacional, internacional. Tenía que venir Abascal montado a caballo, o al toro, a devolver el orden a España.

Es curioso que en la época en la que Disney escribía la historia de Ferdinando, ambientada en nuestro país, en nuestro país nos estuviéramos dedicando a otras cosas, como poner fin a la «República democrática de los trabajadores de todas las clases» de 1931. Es curioso porque algunos sectores ya vislumbraban, hace casi un siglo, esta obviedad de que los toros no tienen por qué ser bravos y que no pasa nada por oler las flores.

Además, lo adelanto, el cuento acaba bien –me dirijo a los VOXtantes-. Nada de violencia, solo un lametón de Ferdinando. Los ojeadores aceptaron su error y lo trasladaron de vuelta al prado. Ferdinando vivió tranquilo, bajo su alcornoque favorito, «siendo muy feliz».

Solo espero que eso del «traslado» no signifique otra vez «exilio».

Yo tengo fe. En unos valores distintos, no en esos que citaba Abascal. Tengo fe en Youtube, en Disney y en las flores, y en que el movimiento pendular sea más leve en una España de todos. En que a nosotros no nos coma la cabeza este relato patriótico un poco desgastado.

Tras las urnas, la triste salvedad a la tónica nacional es nuestra Región, y algunas otras. Pero también es verdad que ahora Murcia es de color rojo.

Quién sabe.

Palante y patrás. Chachachá.

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