Confesiones- III

Puedo decir que soy una persona que se ha aislado en las dos ciudades más grandes del país. Una persona que se ha convertido en un puntito entre miles de puntitos. Cuanto más grande la ciudad, más pequeño el puntito.

Las ciudades pequeñas te reafirman la identidad continuamente. Te dicen quién eres aunque no quieras escucharlo o aunque necesites espacio para ser otra persona. Eres un puntito gigante e interconectado en lazos endebles y superficiales. Lo sabes porque vas a por pan y te cruzas con la vecina de tu abuela, que te dice lo grande que estás. Grande.

Desde que me tiño el pelo no se me reconoce tan fácilmente. Incluso a mi novio de entonces le costaba trabajo saber si había llegado ya a la cita cuando empecé a teñirme el pelo. Cada semana lo tenía de un color. Es difícil encontrar un puntito cuando no sabes de qué tono tiene la cabeza.

Eso es algo bueno, me parece. Sobre todo en las ciudades pequeñas. Este halo de anonimato es un sucedáneo de la libertad.

En las ciudades grandes, teñirse el pelo te diluye todavía más.

Ayer me reconocí en el espejo, por primera vez en mucho tiempo. Miraba las fotos y no sabía quién era esa. Tampoco la que se escrutaba de cerca, buscando imperfecciones con las que entretenerse.

Cuando me diluí en la primera ciudad grande, siempre escuchaba al mismo grupo de música. De camino a la universidad en tren, con los auriculares puestos, imaginaba un puño gigante aplastando la periferia una y otra vez,  al ritmo acompasado de la canción. Es la única imagen que tengo grabada de esos tiempos.

Resulta que ese grupo ha sacado otros dos discos. No me había dado cuenta. Se me olvidó el grupo cuando me fui, igual que se olvidan algunas cosas y algunas personas.

Al final, todo se diluye y se convierte en un puntito más.

Cuando los miras de noche desde esta otra ciudad grande, resultan muy bonitos. Encendidos en la oscuridad, brillando, indicando algo que no sé bien qué es. Esta otra imagen es la que permanecerá, como una constante, cuando este periodo se archive en la memoria. Hay una pequeña secretaria dentro de cada cerebro que va sellando las vivencias y les pone título y portada. Pues esta es la portada. Los puntitos. El mío no se ve porque yo estoy dentro.

Los discos son buenos. Cada cual, mejor que el anterior. El grupo en cuestión seguía haciendo música mientras yo pensaba en otra cosa. Han vuelto a acompañarme.

Esta noche, cuando las luces del cielo se apaguen y se enciendan las de la tierra, saldré a fumar con los auriculares puestos y pensaré en los puntitos. Sin puños que aplasten poblaciones, esta vez. Pensaré en cómo se interconectan los puntitos, rojos, azules, amarillos. En cómo avisan de que esto no se detiene nunca.

Eso le da a uno la posibilidad de fundirse con el sueño, sabiendo que las cosas siguen en marcha.

Extendiéndose en el espacio y en el tiempo a pesar de uno, a favor de uno.

Pensaré en lo que hemos construido y lo imaginaré en plural, aunque yo no haya puesto un ladrillo en ninguna parte ni entienda cómo funciona la electricidad.

Mi cerebro es de letras y de ahí no sale. Como mucho, de vez en cuando se cuela una imagen. Una canción.

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