‘Yo solo follo en verano’- eldiario.es noviembre 2018

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—Yo solo follo en verano.

Me giro disimuladamente en la cola del Starbucks para hocicar como hacen las viejas. Dos ejemplares de hembras en edad fértil, de clase media, con algún piercing y algún tatuaje.

—Porque mira lo que te digo. Los hombres son bazofia. No hacen más que complicarte la existencia. Y yo durante el año no tengo tiempo para sus chorradas, bastante ya con la tienda online y esas movidas.

—Sí —concuerda la amiga—, los tíos dan asco.

—Y tú, qué quieres —me dice la cajera.

No sé si un Frappé Mocca Large o una dosis de alegría de vivir en vena. Pero como, pal caso, es lo mismo, hago el pedido y espero al final de la barra mi vaso de plástico con smile incorporado, que bien vale ese smile al lado de mi nombre con permanente negro los cuatro euros que acabo de apoquinar.

Como me aburro, me da por pensar. Y lo que pienso es que este tipo de comentarios se pueden hacer en voz alta sin ningún problema. Nadie viene a amonestar a las fuckers estivales por echar pestes del género masculino. Por una vez –je, je-, hago ejercicio de empatía y me pongo en el bando contrario. ¿Y si acabara de oír eso mismo respecto de las mujeres? ¿Cuál sería el grado de escándalo?

El feminismo pelea por conseguir una igualdad polivalente, partiendo de un desequilibrio histórico, general, asentado. Y la venganza de antes, en petit comité, era largar de lo simples que eran los hombres, por decirlo con finura. Nada más que un aperitivo de maldad, en comparación. Luego las mujeres se hicieron con altavoces y dejaron de cuchichear entre sí.

En las etapas iniciales de los setenta, algunas feministas estaban muy confundidas: si el hombre es el enemigo, ¿cómo confraternizar –que quiere decir follar- con él? Así, hubo un período breve en el que un sector reducido asimiló ser feminista a ser lesbiana.

Pero –me pregunto-, ¿no es precisamente el objetivo del feminismo hacerse ver por parte de la otra mitad del planeta? Una llamada de atención desde la propia humanidad para evidenciar la injusticia del cliché, de la generalización absurda, del categorizar sistemáticamente a los individuos basándose en si en el DNI pone M o F.

No sé. No sé. No sé si pedir también un bagel o si con el Frappé será suficiente para gestionar este desasosiego. Porque los movimientos puros en los que yo creo, a título personal, no pasan por demonizar a nadie. Entiendo el resentimiento, porque a quién no se le enciende el pelo de pensar ciertas cosas de vez en cuando. Pero llegar al punto de tener tan asumidos ciertos conceptos…

Hablando en plata, como Melendi: esta señorita solo folla en verano.

No sé. No sé si bagel o si nos volvemos locos sin querer. Si estamos clasificando tanto y dividiendo e instrumentalizando y se nos está yendo la olla y ya no sabemos ni cómo relacionarnos.

Al asumir que la mitad de la población es bazofia, ¿no hacemos lo mismo que los machitos antes que nosotras? ¿Eh? ¿Qué les impedirá a ellos, en unos años, salir a la calle con pancartas? ¿Cuál es la diferencia?

Pues que no los sometimos, ni les pegamos, ni les violamos, ni les quitamos oportunidades laborales, ni los matamos. Es cierto. Vale. Pero el punto de partida es el mismo. Ese desprecio, esa cosificación, esa reducción al absurdo. La salvedad –gigantesca- pasa por el hecho de que las mujeres no empleamos la fuerza física ni hemos tenido hasta ahora la capacidad de articular los mecanismos sociales a nuestra entera conveniencia.

Pero la agresión verbal es la primera exteriorización de ese asentamiento de algunos principios. Los hombres dan asco. Son bazofia. Por eso solo follo en verano. Porque ahí dispongo tiempo libre para que me compliquen la vida. Porque los hombres solo complican la vida. Son un inconveniente. Algo que evitar. Lo dicen en voz alta y nadie se inmuta, esto está permitido. Ahora no está permitido hablar mal en público de las mujeres y del colectivo LGTBI, al menos nadie con dos dedos de frente lo hace –imbéciles hay en todos sitios, por desgracia-. ¿Quién protege a los hombres? ¿Hace falta protegerlos?

No sé. No sé.

Me llega el Frappé y los cuatro euros invertidos en el smile de permanente negro.

¿No aporta más una sonrisa? ¿Y no es el orgullo principal del feminismo el haber sido un movimiento con cero víctimas, con una violencia tan mínima, tan ridícula, tan despreciable, que casi podemos afirmar que la Historia de la Humanidad habría sido más suave, menos sangrienta, con nosotras al mando? ¿Y quiere decir eso que somos mejores que ellos?

Doy un sorbo a la capa de nata y me llega el chute de chocolate y cafeína al corazoncito.

Pues no sé, no sé.

Espera al verano, chica. Para otras es verano hasta en invierno.

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