‘Qué guapa estás cuando te enfadas’- eldiario.es octubre 2018

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—Qué guapa estás cuando te enfadas —dice Él, con ojos tiernos, sonrisa cándida.

Siempre que a Ella el enfado no se le vaya de madre, por supuesto. Si Ella empieza a soltar imprecaciones o agarra un jarrón y lo lanza contra el suelo, Él musitará:

—Se ha vuelto loca.

Hablamos mucho sobre igualdad de derechos, pero esa es la cara externa de la moneda. Antes deberíamos atender al hecho de que, desde siempre, a la mitad de la población se le ha privado de una emoción básica: la ira. Por supuesto, no porque se le negara la existencia dejaba de existir, pero la ira no tenía cabida en el clásico rol femenino, y por eso se reprimía, se malinterpretaba, se pudría y se atrofiaba.

Los expertos consideraban que los parámetros masculinos de salud mental implicaban independencia, autonomía y objetividad. En cambio, la cordura femenina estaba sujeta a mostrar dependencia, sumisión y sentimentalismo. Bien instruida en modales, Ella se preparaba para perpetuar el esquema de familia, a través de un depurado aspecto físico –en competición con las rivales para obtener y conservar al mejor marido- y una marcada devoción por los hijos y tareas del hogar.

Cuando Ella se desmarcaba, la tachaban de loca. Mientras una rebeldía tonta resultaba hasta adorable, la verdadera frustración y la búsqueda de libertad se consideraban un «desequilibrio nervioso natural» que atenuaba -¡y hasta eximía!- su eventual responsabilidad penal en, pongamos por caso, un crimen pasional. Este tipo de peritaje judicial legitimaba el paternalismo patriarcal. Si Ellas están locas, si quieren otra cosa, si eso les lleva incluso a cometer un delito… no es su culpa. Solo están desequilibradas. Hay que tutelarlas, nada más.

Si Ella hubiera nacido en el siglo XIX, se le habría diagnosticado de histeria femenina, porque en esa enfermedad inventada cabía cualquier síntoma. Se le habría redirigido a un hospital psiquiátrico, o con mayor fortuna, un médico le habría practicado curas consistentes en «masajes pélvicos». Es decir, masturbaciones regulares para que estuviera tranquilita. Pronto habría gozado de las bondades del vibrador casero, que se comercializó rápido para evitar más contracturas de muñeca por parte del personal sanitario.

Así pues, el botoncito sagrado de Ella también estaba a disposición y manejo de Él. Un regalo, a su legítima dueña, de un sucedáneo de realización personal.

Menos da una piedra.

Ahora puede parecer que esto, incluido el cartel de Mr. Leggs con la cabeza de Ella como parte de la alfombra, es anecdótico. Pero no hace tanto desde que las mujeres empezaron a salir a las calles para reivindicar algo más amplio que el sufragio.

¿Es aventurado concluir las huellas de esta impronta milenaria siguen vigentes?

Cuando la única vía de Ella al éxito laboral ha pasado por una marcada masculinización. Cuando hablar en voz alta de los inconvenientes de la maternidad es casi blasfemia. Cuando la revolucionaria sigue siendo «feminazi» si desafía demasiado la comodidad irreflexiva del hombre o las ventajas que otras mujeres obtienen de ese modelo social. De esa impunidad penal.

Y más aún: cuando, fuera de la igualdad de derechos, en lo interno, cualquier Ella -joven o anciana, rica o pobre, de color amarillo o azul-, conoce de primera mano los efectos de la sumisión. Y su alternativa, la locura.

Aunque ya no se la exporte al psiquiátrico, Ella sigue siendo víctima de la necesidad compulsiva de agradar, de complacer. Sigue haciendo de enfermera de su pareja, sigue asumiendo el doble de obligaciones que humanamente podría tolerar, sigue manteniéndose en línea para cumplir las expectativas de las revistas, sigue buscando formas de quemar la adrenalina para que no explote en casa y lo deje todo hecho unos zorros, sigue casándose y teniendo bebés por miedo a que no hacerlo signifique algo. Que Ella está mal hecha, que no sirve.

En el otro lado de la balanza, la culpa. Una culpa perenne, intrínseca, desde que Eva –la primera Ella- dio el mordisco a la manzana que Adán –el primer Él- le había ofrecido como tentempié. La culpa por no querer lo que debería querer, por enfadarse. La culpa por albergar una emoción que no es propia de las mujeres, porque las mujeres felices son aquellas que sonríen en cualquier circunstancia, que se ofrecen a sí mismas por doquier, alimentando miles de estómagos ajenos.

Pero hay que recordar que la ira impulsa a pasar a la acción. Cuando te enfadas, detectas de inmediato tu propio roce con la situación existente.

Bien conducida, sin reprimirla ni sofocarla con un falo de goma, fue la ira quien llevó a unas cuantas Ellas «insatisfechas» a arriesgarse a no estar guapas. Gracias a Ellas, el feminismo nos cura, todavía hoy, de enfermedades mentales que no existen.

Solo a partir de este punto podemos hablar de igualdad de derechos. La violencia del que te pisa la cabeza no es plenamente efectiva hasta que no te convence de que es bueno y natural que tú estés por debajo, a la altura de la alfombra.

Por eso hay que seguir mirando a las que irguieron el cuello, se limpiaron las huellas de suela ajena, sacudieron las melenas al viento y rugieron su ira al mundo para hacer tambalear los cimientos del sistema. Porque tú podrías tener la cabeza contra el suelo ahora mismo sin darte ni cuenta. Tú también podrías ser Ella.

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