Irse (si me queréis)- Querido Millennial octubre 2018

Irse-Juanma Samusenko

Ilustración de Juanma Samusenko (IG: @juanmasamusenko)

Si me queréis, irse.

Lolita intentando emprender su camino al altar, a la nueva vida. Cinco mil curiosos que se apelotonan y dejan en cueros a los siete policías que la escoltan. La Faraona grita «esto es una vergüensa».

Si me queréis, irse.

Irse.

Dejar algo para dar el primer paso hacia otro lugar. Y comenzar ese recorrido hacia un nuevo compromiso. ¿Hay algo más difícil?

En nombre del amor retenemos y en nombre del amor nos retienen. Pero lo peor es cuando, en nombre del amor, nos retenemos.

Dejar algo no es fácil. Cambiar de ciudad en busca de aires más limpios, abandonar una relación funcional en pos del amor de las películas, que te revuelve y te calma a un tiempo. No porque no sea sencillo abordarlo: unas alas de avión, unos raíles de tren, unas simples ruedas de coche o un teléfono móvil para hacer la llamada. Es cuanto se requiere para salir de un lugar, en la práctica.

Pero de pronto se amontonan cinco mil conceptos en un templo donde solo hay cabida para mil doscientos. Sus cuerpos hacen ascender la temperatura hasta convertirla en un infierno. Cuarenta y tres grados había en la iglesia. Lola Flores era el guardián de la conciencia, que peleaba por la posibilidad en nombre de su hija. Ella no podía concentrarse en los pasos, en el proceso interno de cambio de piel, de mutación hacia una cosa distinta y buscada, si esos seres no se iban.

Esos seres curiosos y persistentes nos anclan, nos entorpecen el camino. De pronto, el cambio se vuelve algo muy poco práctico y se convierte en una carrera de obstáculos donde se suda, se pena y se padece. Porque irse, en realidad, es lo más difícil cuando se atiende a los impedimentos.

El mayor impedimento es el miedo.

Lo nuevo asusta porque ahí la mente controladora que hace rutas, mapas y esquemas no pilota. Hay que abandonarse, dar un salto al vacío. Y, en el precipicio, dejar que nos atraviesen unas flores de hermosos colores. Nace Lola Flores de una Lolita temerosa. La evolución: eso tememos. Porque implica dejar atrás esos conceptos que nos retenían, sí, esas personas que nos ataban de algún modo, pero también nos mantenían en una cómoda incomodidad. Como dormir en una cama de pinchos.

Hay un impulso interior que nos lleva a imaginar esas alas, esos raíles, esas ruedas, esas llamadas de teléfono. Pero también hay cinco mil ideas que nos atenazan.

Lo importante aquí es mirarlas de frente. Tener el coraje de levantar el moño lleno de flores que corona el vestido de gala para la ocasión y gritar: «Si me queréis, irse».

Dejadme ir.

El amor es otra cosa. No entorpece. Acepta el cambio porque es la única manera de seguir vivo, vivo de verdad.

Lola Flores sabía que ella era La Faraona y que mientras siguiera bailando, su hija no movería los brazos con la amplitud que necesitaba. Tenía tanto respeto a la cuna, al origen, que era incapaz de expandir las extremidades por completo. Y Lola Flores quería que su hija dejara de ser un diminutivo, una Lolita, una niña-adulta a un tiempo que viviera en una atrofia de capacidades. Quería que creciera acorde a su propia naturaleza.

Y eso es el amor. Dejar que las cosas, que las personas, se vayan. Se vayan de aquí para estar en otro sitio, aunque aún no lo conozcamos. En la fe potente de ese susurro que evoca las alas, los raíles, las ruedas y las llamadas. Que nos acerca a un algo indefinido y difumina las fronteras de nuestro viejo «yo», tan reconocible en el espejo.

Hace falta coraje para abrirse paso, incluso a empujones, cuando las cinco mil ideas no nos dejan avanzar. Hace falta valentía para apoyarse en una solo, en una luz potente e imposible de acotar, porque es futura pero ya es presente –un poquito- en la carne, en la mente, y nos hace sonreír de alguna forma.

Hace falta determinación para ser Lolita y querer ser Lola. No La Faraona: otra Lola. Y dejar que la coronilla se convierta en corona y la rematen miles de flores nuevas mientras saltamos al vacío y confiamos.

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