‘Tetas sí, tetas no, tetas no sabe no contesta’- Querido Millennial septiembre 2018 (1)

Hay muchas maneras de clasificar el mundo y a las gentes que lo pueblan. Están los de izquierda y los de derecha. Los de la leche sin lactosa y los de la leche entera. Los que dejan cinco euros de propina y los que recogen los diez céntimos de las vueltas.

En este rincón de la península, al fondo a la derecha –como los aseos-, nuestro método de clasificación tradicional radica en el lugar de veraneo. De este modo, el grueso cartagenero se reparte en el cordón de La Manga y Cabo de Palos; mientras Murcia ocupa de La Ribera hasta Torrevieja, con salpicones aquí y allá. Según el abolengo, rancio o fresco, según la calderilla en el bolsillo; según: una playa u otra.

La mía es una de esas colonizadas por los rusos y los ingleses, donde hay Jaguares aparcados en el supermercado de provisiones comunistas, con tremendas calvas en las estanterías. Y aquí –podría ser en otro sitio, pero da la casualidad de que es aquí- quisieron prohibir el topless.

No sé si es un bulo o fue propuesta legislativa seria, pero dice la leyenda que un grupo de mujeres de bien se reunieron para salvaguardar la visión periférica de sus niños –y de sus maridos, sospecho- so pretexto de que esta era una urbanización familiar.

Tampoco sé si en las familias normales, que es una palabra que cada vez me chirría más, no hay pezones.

Normalmente, digo.

La cuestión me la traía al pairo hasta que dejó de darme igual. Ahora creo que el mundo podría dividirse entre los que quieren ilegalizar las tetas, los que no se mojan mientras no les afecte la cuestión y los que reivindican el derecho a la liberalización de las areolas femeninas, bien tapadas desde la planicie de la tierna infancia. En estas tres categorías, para pasar de un lado a otro desde la total neutralidad, hace falta que algo te empuje.

A mí, en particular, me empujaron varias cosas en la vida. No podría explicar por qué –o sí, pero me lo reservo-; hace unos años, cuando me sentía extremadamente triste o ansiosa o furiosa, necesitaba quitarme la parte de arriba del bikini. Al principio lo hacía en casa si tenía la suerte de estar sola. Pero como tengo la bendición de contar con una numerosísima familia en ambas ramas, que transita por el porche estival a intervalos, tuve que plantearme salir.

¿Dónde ir? Fuera realidad o ficción aquello del decreto contra las tetas, la historia reunía tintes de veracidad suprema. En cristiano: si enseñabas las pechugas en la arena, todo el mundo te rebozaba a comentarios. Aquí nos conocemos todos, de vista, de vida y obra, de milagros y fracasos. Somos una gran familia gitana por estos lares, con Jaguares o con Seats.

—¿Sabes quién estaba el otro día haciendo topless en la playa con su madre? María de las Pepitas. Y tiene las tetas muy raras, como caídas, con pezones oscurísimos.

Yo miraba las mías, temiendo el aluvión de críticas a su morfología, tamaño, color, grupo sanguíneo y DNI. Pero ellas pedían ser liberadas. A saber qué mosquito les habría picado en alguna siesta, pero así era. No me quedó otra que coger bártulos y conducir por primera vez a la playa vecina. En un apartado hueco, entre las rocas, sin rastro de arena, las expuse. La sensación de calma fue inmediata.

tetas-si-tetas-no

Podría relatar mil historias de mis clandestinos topless, desde los mirones que pasan enfrente quince veces con la piragua sin asomo de sutileza, hasta los que se sientan a medio metro en diagonal por detrás de ti. Pero voy a hablar de los niños. Porque hay algunos que se te quedan observando con franca turbación. Sin embargo, también hay otros que ni siquiera te prestan atención. Teniendo la misma curiosidad, hay algo que difiere. Y seguramente ese algo esté en sus casas.

Yo no puedo evitar pensar que el concepto «familiar» debería implicar más que porches estivales y que vendar los ojos a los retoños por el pudor propio.

Es cierto: igual que la vida puede empujar a unos hacia el lado del destape, la necesidad de desnudo literal y metafórico y la máxima libertad posible; hay un sector que se ha blindado en principios más sólidos, que se les antojan seguros. Cada uno tiene sus tetas y su opinión, por descontado. El problema es el rozamiento entre ambos grupos y la distancia que crea toda clasificación: yo me voy a otra playa para mostrarme porque las madres decentes no me toleran en esta. Si me quedo y hago lo que me place, me expongo al escarnio. Las incomodo.

A mí solo me da pena que un trozo de carne que nos dio el primer alimento desde la cuna se haya convertido en un pixelado, en un borrón, en un tapado con iconos. No estoy loca ni estoy sola, por lo visto: el movimiento #freethenipple y marcas como Teta&Teta se dedican a reivindicar el derecho a mostrarlas.

Creo que no tiene nada que ver con el moreno homogéneo. Ni con las miradas de deseo, ni de rechazo, ni con las miradas ajenas en general. Para alguien que nace y se cría en una playa donde quieren prohibirlo, de palabra o de obra, el topless no es asunto baladí. Es casi, casi, el ojo de huracán. Y para mí es una manera de rendirse y pelear, a la vez, desde el total pacifismo. De aceptar quien soy y pasar olímpicamente del qué dirán. Terapéutico.

Lástima que de momento solo pueda hacerlo en un punto recóndito, entre rocas, de la playa de al lado. Pero todo se andará.

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