Por qué escribo (y no hago algo rentable)

El otro día fui al fisio porque no podía mover el cuello. Al secarme el pelo en los vestuarios de la piscina, sentí cómo se me desencajaba la cabeza de los omóplatos. Por lo visto, me había rotado una vértebra. El fisio llamó a dos alumnas de prácticas para mostrarles mi columna desviada, a lo Gollum.

—Además, Andrea pasa muchas horas sentada…

Ese fue el motivo por el que me apunté a piscina, maldita sea.

—¿A qué te dedicas? —inquirió una de las chicas.

—Escribo.

—Pero eso no es un trabajo.

Uh.

Con esa frase se resumen tantas cosas. Una cultura nacional, una actitud empresarial, un trato social, una consideración individual.

Valoré la posibilidad de especificar: soy redactora freelance, o creadora de contenidos virtual, soy correctora profesional o soy patatín o patatán. Vomitar el CV, el LinkedIn, todo eso. Algo que procurara el asentimiento de esa chica de prácticas que, por lo demás, iba bien encarrilada en la vida.

Pero no lo hice. Dije, simplemente:

—Pues debería serlo.

La verdad es que tu círculo cercano, así como los medios, piensan que esto equivale a hacer redacciones en tu tiempo libre.

Los primeros te dicen «hazme este favor, tú que no estás haciendo nada», o te dan lecciones de cómo deberías expresarte con suma ligereza, sin preguntarte siquiera. Imagino cómo sería que yo metiera el hocico en el curro de la fisio en prácticas, por ejemplo, y le dijera cómo tiene que masajear la rótula de ese señor. Los segundos no te pagan un duro, porque, aducen, no generas un duro. No sé cómo se monetizan las visitas en las páginas y las publicaciones de todo tipo, pero estoy segura de que algo sacarán, aunque sean un par de euros. Es simplemente que no tienen ganas de dártelos. Porque si tú te callas, a nadie le importa una mierda. Esa es la verdad. Porque no eres presentadora de telediario ni una youtuber. Si tú te callas, habrá un silencio añadido en un mundo, por lo demás, ruidoso. Y tú te convertirás en otro funcionario de la Administración o en dependiente de alguna tienda. Este país tiene la sensación de que de esos faltan y de lo otro no, debe ser eso. La cultura y el arte son un lujo, un accesorio, un extra. Y las personas que las producen son consideradas simples aficionadas que deberían tener un plan A.

Mi trabajo no existe. El LinkedIn dice que soy otra cosa. No he estudiado esto que hago -¿cómo hacerlo, si no hay Grado en Escritura?-, así que no hay ningún motivo para considerar que es posible vivir de ello.

Tienes que creerme: he intentado por todos los medios no ser lo que soy. Callarme y sonreír, decir el menor número de palabrotas y ofrecer una apariencia aceptable. Lo he hecho porque quiero a quienes son de esa otra forma y porque quiero que sigan queriéndome. Lo sencillo es no arriesgarse a dar salida a los adentros. Lo complicado es tener el coraje de sacarlo fuera.

Si decides hacerlo, es porque te estás muriendo. No hay más explicación.

Cuando te extingues, te empiezan a dar igual un montón de cosas. Porque, sin motivo aparente, los colores han dejado de existir, los paisajes son todos iguales y no tienes ganas de verlos, porque tu morada ya no es reposo sino martirio, porque se te hace un mundo respirar.

Entonces parece una chorrada que alguien vaya a hablar de ti, bien o mal: tú te estás desdibujando del mapa. Y por qué no. Te arriesgas. Lo dejas todo, te quitas la mochila, la ropa, te quedas en bolas. Y te haces una foto de palabras y la subes al mundo virtual. Para que te recuerden, por lo menos, o recuerdes tú que esa eras tú y que tenías una identidad, o que podías tenerla.

Entonces vienen las opiniones. Avalancha de pareceres, unos y otros te dicen, te comentan, y a mí me gusta y a mí no, a mí me has ayudado y a mí me pareces infumable, a mí me animas y a mí me ofendes. Tú, como en un partido de tenis.

Te escondes. Porque ahora sabes que existes.

Al menos, un trozo de tu pensamiento de hoy se ha quedado fijado para siempre. No puedes controlar lo que los demás opinan sobre ti, el recuerdo que les dejaste, si pensarán en tu sonrisa antes de morirse. Pero has dejado algo escrito en Internet. Es lo más parecido a tener un hijo que has experimentado hasta ahora.

La manera de mirar las calles cambia. De relacionarse con la frutera. De ir a la piscina y luego al fisio. De lidiar con tus propias mierdas. Ahora hay una voz pequeñita que, en mitad de la tormenta, te susurra «verás qué texto saldrá de esto…». Donde antes había un tremendo vacío, ahora hay creación. A través de ella, conectas y desconectas con unos y otros.

El mundo no te lo recompensa con pasta en el banco, pero tú te vas conociendo mejor. Y los demás también. Te es complicado mentir: ya saben lo que opinas sobre muchas cosas. Algunas personas empiezan a hablarte directamente de tu última pieza y tú tardas cinco minutos en entender qué te están contando. No te das cuenta, pero te estás arrancando la piel poco a poco, enseñando las vísceras.

Uno no elige nacer como nace.

Si pudiera, uno siempre elegiría ser normalito y no sufrir. Yo habría escogido no necesitar esto, pero la verdad es que cuando me alío con mis tripas es cuando disfruto de estar viva. Si no, no merece la pena. De verdad. Ojalá sí, pero no. Yo habría optado por no ser comunicación en movimiento, por la discreción y todos esos valores que tanto reputo y tan igual me dan, en el fondo. Mis amigos, todos italianos, me decían en el año de Erasmus: calla ya, cazzo. Yo era la extranjera y la que más hablaba.

Estar vivo es comunicarse, así vivo yo. Y no comunicarse sobre un trozo pequeño de la existencia, sino sobre ella al completo: qué sentiste la primera vez que penetraste a una chica, cómo olía la casa de tu abuela, cuánto echas de menos a ese amigo que desapareció, por qué siempre parece que ayer fue mejor que hoy, cómo va a entrarte en la cabeza que algún día morirás, que dejarás de estar aquí para siempre.

Cuál es la mejor manera de estar vivo.

Desnuda, digo yo. Con las tripas al aire. Bien coherente, bien protegida del frío, también. Amiga de una misma. Aceptando, primero, que tu madre te parió así como eres, y que te ha tocado ser tú y no otra, y luego enamorándote de esa persona. Sin apegos tontos. Tú no eres nadie, nadie más que cualquier hijo de vecino. Pero tampoco menos, menos que nadie.

Yo escribo porque eso me hace tener ganas de estar viva todo el rato. Porque he conocido una felicidad sostenida e interior, que no depende de cómo vayan las cosas. Porque ha convertido lo peor en algo digerible y, a veces, en lo mejor. Porque compartirlo me ha hecho más valiente. Porque captar esos momentos que merecen ser narrados es como cazar mariposas dando saltitos por el campo, y soltarlos en la pantalla o la libreta es paz en mitad del caos, el planeta deja de girar y no oyes ni ves nada que no sea un pensamiento sostenido y unos colores que toman forma.

Escribo porque el hecho de que vivamos en un país donde se pueda tener un contrato de prácticas con treinta años, sin cobrar ni de lejos el SMI, un país que tolere, acepte e integre a los eternos becarios, la explotación laboral, el maltrato personal, la dificultad de emancipación con mitad del salario vaciado sistemáticamente en una habitación cutre de un apartamento de alquiler; un país que cobre la cultura tan cara y no la fomente, ni la beneficie, ni la instruya, ni la respete, ni la pague; un país que cercene la creatividad desde la infancia y tire de las orejas a los niños para llevarles a la senda del raciocinio analítico; un país de tonos grises y gamas de marrones; un país donde está mejor visto ser corrupto que artista; ese hecho a mí no me va a quitar todas las cosas que escribir me da. Y si hay una remota posibilidad de ser feliz en este sistema, yo la exploraré. Y me la juego.

Qué más da, luego a luego.

Si tengo que apagar los dedos y dejar morir el sueño de pasar mi vida haciendo lo que he venido a hacer al mundo, si en algún momento esta web se elimina y, con ella, mis palabras, nadie lo recordará. Nadie retendrá en la memoria estas fotos de mi alma desnuda. La gente tiene mejores cosas que hacer.

En ese caso, tendré que madurar y convertirme en otra funcionaria más, de las que escasean. E intentar aprovecharme del sistema en lugar de odiarlo por haberme excluido, para no enfermar de rabia ni de pena. Y como una funcionaria no debería decir coño pedo joder, volveré a decirlo en privado, o me callaré para siempre. Al menos conseguiré el gran premio, el coche rojo de El Precio Justo, el ding ding ding ding de la vida, y podré pagar cosas. Un helado, un par de pantalones, un viaje, papel higiénico.

El dinero es respeto. Es dignidad. No es nada más que la constatación de que se aprecia y valora el tiempo que gastas haciendo algo. Mientras no hay dinero, no hay respeto.

No hay posibilidad, apoyo, no hay reconocimiento de que el escritor es persona y necesita comida que ingerir y un váter propio donde cagarla. Fin de la historia. Las otras faltas de respeto –las del pues a mí sí, a mí no- se llevan con más entereza si puedes llamarte a ti mismo escritor en la consulta de un fisio.

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